Aceptando el dolor del alma

0
104

Por: Joan O´Brien

Aceptando el dolor del alma

En todo momento nos veremos enfrentados al dolor, sea ajeno o no, y sufrir. El sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre[1], nos encontraremos frágiles y vulnerables frente él, se convierte para nosotros, probablemente, es un inagotable obstáculo.  Entonces, veremos al sufrimiento como una masa aplastante capaz de consumirnos, tal vez queramos luchar contra él; pero, ¿podremos ser capaces de aceptarlo y vivir con el libremente?

Por libremente me refiero a aceptar el sufrimiento tal y como es, es decir, sin recubrirlo de injusticia; es este parte de nuestra vida y de lo que somos ya que es generado por el dolor del alma, que es aquel que nace ante la presencia del mal.

Confieso que me he visto tentada a ceder frente al dolor, que me he dejado aplastar con el hasta quedar inmovilizad. Puedo decir con seguridad que no he logrado aún aceptarlo, que lo culpo por todo lo que sale mal en mi vida; no he podido, en todas las veces que me ha visitado, canalizarlo y convertirlo en un motor de cambio. Siempre espero el momento en el que por fin podré combatirlo, de hacer de él una fuerza más para todo con lo que uno debe luchar en esta vida.

Toda situación en más difícil de llevar si no le encontramos y damos el sentido correcto. El sufrimiento existe por una razón y es ella la que nos llevará a vivir libremente con el mismo, que es la redención que está arraigado en el sufrimiento[2], y aunque es inalterable esta afirmación, también podemos encontrar que el sufrimiento puede ser un motor en nuestra vida, podemos hacer de él las fuerzas que necesitamos para mejorar la manera en la que vemos el mundo y ayudar a los demás.

En la vida nos encontraremos ante momentos estremecedores que cuestionaran nuestra fuerza y fe, ante dolores indescriptibles que nos hundirán en agonía, que nos perturbaran; tal vez este sufrimiento no lo padezcamos directamente nosotros, tal vez sean las personas a las que más amamos y esto será aún más duro. Ceder y dejarnos destruir por este sufrimiento no debe ser nuestra respuesta, el sentirlo sí porque nos hace humanos, pero debemos primero aceptarlo sin dejarnos perturbar y hacer algo grade del él para nosotros y para lo demás. Del dolor pueden nacer grandes y generosas acciones.

Nosotros nos encontramos en la incapacidad de poder planificar, cambiar o extinguir el sufrimiento que conlleva el dolor, pero si es parte de nuestra responsabilidad y capacidad el cómo lo recibimos todos en nuestras vidas, porque nos golpeará y debemos ser fuertes, no ceder en esta batalla frente al mal, ser una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad como nos lo pidió San Juan Pablo II.

No quiero reducir las experiencias personales ante el dolor a una explicación de él o cómo es que tiene un sentido, no puedo dejar de compartir que yo encontré un alivio para este en Dios y como solo con nombrar su nombre, dejando en sus manos mi pesar, me sentí reconfortada; no podría dejar de compartirlo porque fue lo único que lleno de sentido el dolor que yo sentía y lo curó, se ahora que tendré las fuerzas necesarias para enfrentarme a cualquier situación, porque en Él me refugiaré. Diciendo esto, no quiero desmerecer las otras muchas formas, que encontramos para soportar y salir de una situación dolorosa; pero esta vía de protección que tomemos no puedo ser aquella que nos cause más dolor el futuro, es decir, no puede ser una salida dañina para nosotros. Es por eso que vuelvo a aconsejar humildemente, que Dios es esa fuente confortable y de esperanza ante nuestro dolor, que nos cura y protege y bajo ningún motivo nos causa mal.

[1] SAN JUAN PABLO II, Carta Apostólica SAVIFICI DOLORIS, Roma, febrero de 1984.

[2] Ibídem.


Aceptando el dolor del alma
Califica esta publicación

Comentarios

comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here