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La reconquista de Barnechea (Parte I)

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No vamos a perder el tiempo discutiendo las exclusiones de Guzmán ni de Acuña. Creo que los dislates improvisados, la grosera falsificación de firmas en actas y la compra clientelista de votos, revelan a ambas candidaturas. Vamos a entrar a discutir la propuesta política. El polémico y prolífico escritor alemán Charles Bukowski, sostenía que la diferencia entre una democracia y una dictadura consistía en que la democracia te permite votar antes de obedecer las órdenes.

En el Perú, donde la votación democrática es visceral y el caudal electoral es tórridamente volátil, es necesario para la estabilidad democrática que el Presidente electo cumpla los principios que defendió en campaña. Esta es la razón por la que un candidato que se mueve camaleónicamente y muda de color, siempre será un auténtico peligro para la estabilidad democrática.

El Perú del siglo XXI, ha sido gobernado bajo un modelo de crecimiento, heredero del las reformas fujimoristas neoliberales de los noventa, que han permitido a la economía crecer y reducir la pobreza, pero que también ha sido semilla de nuestras más patentes debilidades institucionales: corrupción enquistada en todos los niveles del gobierno, salud y educación públicas paupérrimas y brechas de desigualdad entre el campo y la ciudad. Alexis de Tocqueville, el gran defensor de la democracia en EEUU, sostenía que: «lo más importante para la democracia es que no existan grandes fortunas en manos de pocos».

Las dos candidaturas que lideran las encuestas, Keiko Fujimori y Julio Guzmán, no están enfrentadas en el modelo de desarrollo a seguir, son paridas por un mismo credo ortodoxo liberal. Sin embargo existe una candidatura moderada, que representa un alternativa auténticamente distinta y que en los últimos días ha comenzado a ganar respaldo popular. Me refiero a Alfredo Barnechea por Acción Popular. Imposible olvidar su «voy a renogociar los contratos del gas así no te guste» frente a un pasmado Jaime de Althaus, o su lección de Estado de Bienestar ante una desinformada y torpe Sol Carreño.

Barnechea es un intelectual y político honesto, un ciudadano del mundo, amigo y alumno de personas tan distintas y honorables como Haya De La Torre, Fernando Belaúnde, Vargas Llosa, Octavio Paz. Prestigio y contactos internacionales no le hacen falta. Es coherente y jamás oculta sus opiniones, aunque sean polémicas. Algo que queda claro es que no simpatiza con las ideas del dogma neoliberal, es un socialdemócrata.

La socialdemocracia es esa tercera vía —como sostiene Anthony Giddens—, que no comulga con el socialismo empobrecedor radical, pero tampoco digiere el dogma del capitalismo libertino. Cree en la industrialización peruana y aspira a la construcción de una sociedad de bienestar, donde el Estado establezca un piso común de igualdad de oportunidades –una idea que la recoge de su amigo, el premio Nobel de Economía Amartya Sen— y al mismo tiempo, sea un proveedor eficiente de los que ha llamado bienes universales: salud, educación y vivienda. La entrega de medicinas gratuitas y la construcción de un millón de viviendas populares son algunos de sus estandartes de batalla.

Para esta transformación social, Barnechea sabe que necesita recursos económicos de dos nuevos pactos sociales. Propone una nueva negociación con las empresas extractivas, en una agresiva apuesta por construir obras públicas (hospitales, colegios y carreteras) y, un nuevo pacto social con los ciudadanos, que incorpore a la formalidad a los a los más pobres, con la condición que contribuyan mediante un impuesto plano de 15 soles, para que así puedan recibir gratuitamente los bienes universales: medicinas, educación y vivienda popular (…)


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