Carta abierta a Ántero Flores-Aráoz

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Por César Sánchez Martínez.

 

Estimado señor:​

Déjeme decirle, ante todo, que voté por usted en la primera vuelta de las últimas elecciones presidenciales de 2016. La principal razón fue que, junto con Keiko Fujimori, era la suya la mejor propuesta –o la menos mala desde una óptica más cínica– en lo que respecta a la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural y a la defensa de la familia tradicional. Si a eso le sumábamos el nombre de su partido –significativamente ORDEN, que es lo que anhela la inmensa mayoría de peruanos– y cierta apariencia suya de jurisprudencia y bonhomía, pues optar por usted en la primera vuelta era ciertamente mejor que hacerlo por esa suerte de humorista involuntario que fungía de candidato de la oligarquía liberal globalista (PPK), por un dandy criollo entre socialdemócrata y masónico (Alfredo Barnechea) y por los lamentables pasivos históricos y maquiavelismos pasados, presentes y futuros del fujimorismo (recordemos que todavía Keiko no había firmado el compromiso con el pastor Alberto Santana y permanecían frescos los recuerdos de las volteretas de Harvard).

​Sin embargo, aunque su posición se fue consolidando para el final de la campaña, en alguna entrevista manifestó su apoyo al galimatías del mal llamado «aborto terapéutico» (que, como sabemos, es un constructo ideológico y una trampa retórica) y, peor aún, se confundió gravemente respecto a la «unión civil» homosexual, manifestando posiciones ambiguas. Claro está que el día del debate, ante una pregunta respecto al «matrimonio» homosexual misteriosamente direccionada a usted, respondió con un vigor saludable, rechazándolo. Solo por eso valía la pena apoyarlo.

Pero ¿cuál es la razón de estas vacilaciones? Quizá cierta ignorancia, comprensible en un jurista formado en el Perú de hace cerca de cuarenta años, cuando la ingeniería social, el inmoralismo público como doctrina y el posthumanismo eran inimaginables y por eso irreconocibles cuando se presentan in gloria et maiestatis en nuestros días. Habría que añadir también que sus orígenes políticos se encuentran en el Partido Popular Cristiano, que durante fines de los 70 y 80 fue una suerte de catch-it-all party de toda la derecha, desde un democristianismo de retórica socializante hasta un protofujimorismo avant la lettre, pasando por el liberalismo en todos sus matices. Una representación de esa condición amorfa –ni partidaria, ni popular ni, mucho menos, cristiana–, la encontramos en Marisol Pérez Tello, exministra de justicia de este gobierno, de indescifrable identidad política; claro está que siempre tendiente al progresismo más chato y vulgar.

​Mas existe otra posibilidad, una más triste pero no por eso menos extendida entre nuestros políticos. El deseo tan pernicioso como adictivo de caerle bien al grupo El Comercio y a Caretas, de ser «el buen derechista» o, peor aún, «el buen católico», absolutamente domesticado por la élite progre mediática limeña, minúscula pero ruidosa.
​Esperemos que no sea su caso.

Porque, ni por convicción ni mucho menos por utilidad política, conviene propiciar a esos falsos –y terriblemente impotentes– ídolos. Jamás el miraflorino bienpensante votará por un cristiano mínimamente comprometido o por un conservador mínimamente coherente. Ese electorado está ya corrompido y comprometido, sea hacia el próximo tecnócrata liberal agnostizante que nos lleve al abismo, sea a la izquierda light depravada.

​En cambio, una nueva reacción se está formando en el Perú. No solo a través de la eclosión de multitud de voces que desde las redes sociales manifiestan su repudio por los dogmas políticos progresistas y anhelan un retorno a ciertas concepciones tradicionales, sino por fenómenos mucho más palpables como la multitudinaria y plenamente existosa marcha Con mis hijos no te metas de hace un año, que ha logrado modificar el curso de acción de los agitadores de «género» (un juez acaba de terminar de desmantelar los aspectos más nocivos de este enfoque en la Currícula Nacional).

​En una entrevista con Philip Butters, en plena agonía del gobierno ppkausa, usted manifestó que dejaría la política activa. Es comprensible: el obsceno gasto que representa organizar un partido nacional y, peor aún, una campaña, es para desanimar a cualquiera. Pero piénselo dos veces: la quiebra política de la institucionalidad de 1993-2002 parece que seguirá a la quiebra moral de la gran clase política, que estamos ahora atestiguando, gracias a la intercesión de Marcelo Odebrecht. La posibilidad de que la demagogia y el desorden, de la mano de la izquierda, puedan amenazar el bien común de la patria se hace algo más patente. Quizás no de la mano delicada y ambigua de Verónika Mendoza y su nuevo aliado Goyo Santos (que se neutralizan mutuamente), sino de algún agitador ignoto, que sepa unir la demagogia socialista con el anhelo de orden y restauración nacional por el que claman inmensos sectores de la mayoría silenciosa.

​¡Anímese! Eso sí: rodeado de aliados con trayectorias consistentes e ideas adecuadas. El servicio público cuando surge de una vocación auténtica no es un simple hobby, sino un ejercicio de abnegación y autosacrificio, un sacerdocio en pos del bien común. Si usted también lo cree encontrará el respaldo de sectores importantes del electorado, que actualmente se encuentran perplejos y sin saber a quién apoyar.

¡Que Dios lo bendiga!

 

César Félix Sánchez Martínez
Laico católico y profesor de filosofía


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