Carta abierta a los electores católicos peruanos

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Por César Félix Sánchez Martínez

 

Hace algunos días comencé una serie de artículos breves reflexivos bajo la forma de «cartas abiertas» a tres políticos cristianos destacados. Uno, el pastor Julio Rosas, congresista reelecto (2011-…) y figura indomable en la defensa de la vida y la familia ante la saña abyecta de los medios progresistas. Otro, Ántero Flores-Aráoz, socialcristiano bonachón y candidato a las elecciones presidenciales de 2016, y, finalmente, a Luis Solari De la Fuente, ministro de salud y primer ministro del gobierno de Alejandro Toledo, además de destacado laico católico militante. No estaban necesariamente orientadas a ser respondidas: eran una suerte de botella al mar orientada a meditar sobre la trayectoria inmediata y proyección próxima de estas figuras y valorarlas especialmente desde la perspectiva de la defensa de «valores no negociables» como la vida y la familia. Quería concluir este experimento con la última botella al mar, aunque en este caso por lo inmenso y abstracto de su destinatario quizá sea una galonera o, cuanto menos, una damajuana al mar: una carta abierta al electorado católico peruano.

Como es evidente, el electorado católico peruano es en algo un ente de razón. Hay muchos bautizados que son electores, pero en este punto nos referimos a aquellos católicos practicantes que, como se diría, «se toman su fe en serio». A ellos les ofreceremos un par de admoniciones:

  1. Ser conscientes de la situación general: No debemos dejarnos llevar por las coyunturas demasiado particulares y tenemos que tener presentes siempre los fundamentos filosóficos y teológicos de nuestra acción, empezando por uno que hasta hace algún tiempo podía parecer evidente, pero que es necesario repetir: las fuentes filosóficas de la democracia liberal son falsas y, por tanto, este sistema de gobierno es radicalmente imperfecto y lleva en sí los gérmenes no su propia superación por el estado totalitario. No es, ni mucho menos el mejor de los regímenes políticos ni el único legítimo, como sostenía Le Sillon, el grupo católico liberal de Marc Sangnier, error condenado por san Pío X en la encíclica Notre Charge Apostolique de 1911. Teniendo en cuenta estos recaudos, en ocasiones se puede e incluso se debe participar en política para evitar la difusión de males mayores. Esta participación, de antemano, no deberá jamás significar atentar contra los mencionados principios no negociables ni mucho menos apoyar o incurrir en actos intrínsecamente malos, violatorios de la ley natural y la ley divina. Esos son los límites claros de un posibilismo católico sano. A diferencia de otros países, donde la participación política, por el ambiente asfixiante progresista que se respira, puede ser absolutamente inocua cuando no contraproducente, en el Perú todavía estamos en un punto en donde una participación electoral puede ser útil a la hora de frenar las mayores amenazas a la vida y a la familia. Así que conviene que votemos, pero que votemos bien, teniendo en cuenta los principios no negociables.
  1. Evitemos el: “Ya fui a la marcha por la vida, ahora puedo votar por quien quiera”: Aunque parezca mentira, existe una forma mentis semejante entre algunos católicos, que reduce la condena al aborto y la defensa del matrimonio natural a prescripciones puramente religiosas, sin olvidar su fundamental importancia para el orden temporal y su condición de verdades naturales ,y que cree que la lucha por esas realidades se circunscribe a una serie de extrañas ritualizaciones colectivas, que requieren más o menos cierto esfuerzo y que tienen una función semejante a una romería o a hacer voluntariado una mañana en la parroquia. Basta que uno haya “cumplido” con ese acto y ya su récord de ortodoxia le permite aparentemente votar por quien quiera. No es así: estos asuntos son de importancia gravísima y el voto o el activismo político pueden marcar una diferencia sea positiva o negativa.

 

  1. No seamos más burgueses que católicos: Encontré durante la última campaña electoral a muchos católicos, miembros de movimientos «conservadores» y aparentemente «bien formados» y de «buena línea», apoyar con entusiasmo a candidatos que tenían posiciones comprometedoras o incluso condenables, y diciendo a la vez que no variaban en lo más mínimo en sus posiciones pro-vida y pro-familia, pero que «sopesaban otros factores». Detrás de estas posiciones, a veces se dejaba entrever cierto espíritu de solidaridad burguesa, que le hacía ascos a candidatos «plebeyos» o montareces pero pro-vida y que prefería hacer ojos ciegos a las ambigüedades y errores de la candidatura liberal, por temor a ser visto «feo» por los pares o por aquellos a quienes pretendían agradar socialmente. En otros casos, la idea de la «estabilidad del modelo» o de la «memoria histórica» -evanescencia mítica de las izquierdas- los llevaban a votar por candidatos progresistas. Ignoraban así la fundamentalidad de la defensa de la vida y la familia, pues las agresiones estatales contra ellas son las primeras manifestaciones de un totalitarismo en ciernes terrible: aquel que pretende estatizar la misma fábrica de lo humano y definir arbitrariamente qué es familia y quién es persona sin interesarse por lo que diga nada previo a él. De ahí que estos asuntos deban tener, aun en un aspecto puramente temporal e incluso para electores acatólicos, una importancia fundamental.

Podría seguir por horas con otras admoniciones. Pero bastan ya estas tres, ofrecidas por este modesto escriba como horizontes de reflexión. ¿Qué panorama nos deparará el 2021? ¿Una suerte de ragnarok político, donde Lava Jato termine de hundir a la república peruana tal-y-como-la-conocemos en manos de algún radicalismo? ¿O pasará todo, como siempre, por agua tibia y este eterno coma institucional seguirá sin mayor variación? En cualquier caso, a los católicos comprometidos les corresponde resistir los embates revolucionarios, aun si no hay esperanza cierta de triunfo. Incluso, si es posible, a través de la militancia política.


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