El teatro salvará al Perú

Por: Mauricio Rodríguez-Camargo


El teatro salvará al Perú

“No he venido a divertir a tu familia mientras que el mundo se cae a pedazos”, reza la canción de Fito, ¡Grande Fito!
¿Qué brindamos cuando hacemos teatro? Los griegos la tenían clara: Catarsis.
Esto no trata de referirse al teatro como un arma política ideologizada al estilo Piscator, por el contrario, engloba el fin del teatro, el fin real, no ese que viene acompañado de luces, popularidad, fama y aplauso.
Me refiero a esa responsabilidad que aquellos que se suben a las tablas tienen que cargar con cuidado, a aquella purificación del ser por medio de la contemplación.
El teatro es un lugar para contemplar, contemplar al mundo, contemplar al otro, que termina siendo por lo general, uno mismo. El teatro es una gran puerta al alma humana.
Vi a un hombre llorar acongojado al contemplar en escena la dura realidad de Ciudad Juárez en la obra Mujeres en el Desierto. Cinco mujeres, un texto y un escenario lograron enternecer el corazón de ese hombre que pudo hacer suyo el dolor de muchas personas, pudo conmoverse, entender que la violencia no puede soportarse, que la vida es preciosa en todas sus formas y que no hay horror más grande que arrancarla con malicia. Todo esto gracias al teatro.
Tenemos en nuestras manos y en nuestras voces una gran responsabilidad, podemos cambiar una vida, podemos cambiar nuestro entorno, podemos hacer algo más.
Un artista en nuestro país tiene la responsabilidad de ser más artista aún, de dejarse en el escenario, denunciar los males que nos aquejan, ensalzar las virtudes que nos falta, señalar a los viles, enternecer, sensibilizar.
La verdad ya no mueve a la gente, hemos perdido la capacidad de tener un juicio crítico para reaccionar ante la injusticia, para asquearnos ante lo abyecto, para enternecernos ante el dolor. Desde el teatro podemos resistir, podemos ser un medio de verdad, de belleza, podemos crear ambientes necesarios donde haya diálogo sincero, una verdadera comunión. ¡Resistamos!
A menudo escucho quejas sobre la podredumbre de nuestro sistema estatal, de lo corruptos que son los que se supone deberían procurarnos bien, y que por ellos es que la “cosa” no avanza, por su culpa estamos como estamos. Ante estas quejas me resuena un eco: Si nosotros, los artistas, hiciéramos mejor nuestro trabajo ellos no saldrían elegidos. Debemos hacer algo más.
No estamos aquí para repetir moldes, para divertir, para ser graciosos y condescendiente. Estamos aquí para denunciar, para hacerle la guerra a la injusticia, decir eso que nadie se atreve, hacer eso que hace falta, para gritar a la conciencia, hacer reír y llorar con razón, mostrar aquello que nadie quiere ver.
Solo una vida dedicada al servicio puede entenderse como vocación.
Tenemos mucho por hacer, muchas vidas que cambiar, nosotros podemos ser la diferencia.
Creo firmemente que el teatro salvara al Perú.


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