Transformando el Perú > Opinión y Análisis > Cesar Sánchez > Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (I)

Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (I)

Por César Félix Sánchez Martínez

Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (I)*

“El presente artículo se escribió en 2014, en vísperas de otras elecciones municipales. El autor ha decidido publicarlo ahora al comprobar su triste actualidad”.

Como siempre cada cuatro años

No es exagerado decir que Arequipa se encuentra al borde del abismo. Del abismo del desgobierno destructivo, en el peor de los casos, o del tiempo perdido, en el mejor. Cosa que no nos debe sorprender, pues cada cuatro años ocurre una agonía semejante. Los ciudadanos de a pie –permítaseme el cliché– han aprendido a mirar las elecciones como la temporada de lluvias, es decir, como fenómenos que necesariamente tienen que ocurrir, pero que pueden acabar siendo, en ocasiones, muy molestos e incluso catastróficos. Mal que mal, habituarse al reyezuelo municipal de turno es cómodo y realista, porque casi siempre el que está tocando las puertas del municipio, con banda, caravana de taxis bocineantes, polos, globos y cajitas de fósforos, es usualmente peor, patológicamente incapaz o patológicamente voraz, con el hambre acumulada de campañas cuyo civismo se mide por la cantidad de dígitos del gasto. Porque como diría el dicho: Sacristán que vende velas / que no son de cerería / si no son de la sacristía/ ¿de dónde peccata mea? En cambio el que está sentado en la silla por lo menos ya sació en algo su necesario apetito de político peruano de provincias, ha distribuido ya las prebendas a su clientela y con él la gente ya sabe a qué atenerse, pues ha mostrado las dimensiones de su incapacidad y audacia. A no ser, claro está, que haya sido tan malo, tan torpemente caligulesco –casos los hubo: ¡que hablen si no las misses! – que incluso reemplazarlo con un animal amaestrado sería un gran bien.

Sin embargo, el deterioro le está «pasando la factura» a Arequipa. A la pérdida casi absoluta de su entorno paisajístico tradicional– debida a las caligulescas habilitaciones urbanas realizadas ya sabemos por quién a inicios de la década pasada y que continuaron y continúan en la presente gestión –,  se unen el colapso de la infraestructura general y el deterioro del centro histórico.  Pero la cosa cobra otros ribetes cuando el deterioro ambiental llega a niveles como los siguientes: a la usual peste que el viento vespertino traía desde el norte de la ciudad, atribuida por muchos a la chimenea de cierta avícola, y que en el centro se combinaba con la usual peste de los desagües de inicios del siglo XX con filtraciones subterráneas, y con la acre peste del sur, que venía de las ladrilleras cuya leña son llantas viejas, se le ha unido otro fenómeno, el Agua Puerca, como diría El Chavo. Parece ser que, según muchos testimonios, la potabilidad del agua en Arequipa es una metáfora muy amplia que puede referirse a muchas cosas pero no a su aptitud para ser consumida por el hombre.

Lo más curioso de todo es que este deterioro tan inmediato y tangible en las condiciones de vida coincide con el mayor periodo de crecimiento económico en la ciudad en los últimos cincuenta años. A nuestra generación, que salía del colegio a la vida en los tiempos del ominoso Arequipazo, que, según los sacerdotes del modelo, amenazaba con alejar la inversión privada de la ciudad y llevarla al norte, que nos estaba sacando una gran ventaja en crecimiento, se le hizo creer que el problema de la ciudad era meramente económico. Pero reto a cualquiera a que me demuestre que la Arequipa del 2014 es más vivible que la del 2004 o la de 1994. Porque ya sabemos cómo le va al norte: Chiclayo, capital de la región del pleno empleo y joyita de la corona del Neoperú, convertida en un cenagal amorfo, por obra de sus alcaldes; y Trujillo, ese gran núcleo económico del norte,  en un Chicago que se apresta a elegir a su Eliott Ness, el coronel Elpidio, famoso porque tenía tanta mala suerte que se le morían todos los delincuentes que capturaba. En el triste caso de Chiclayo se hace patente la letanía de Héctor Velarde: De terremotos y alcaldes /líbranos, Señor.  No solo se quedó sin calles, convertidas en trincheras pantanosas de Stalingrado o de Verdún, sino se quedó hasta sin palacio municipal, incendiado por desadaptados al servicio de peores desadaptados, es decir, de los políticos. Todo esto nos hace parafrasear a Pirro: otro gran crecimiento económico como este y Arequipa desaparece.

Porque el crecimiento económico sin orden ni institucionalidad no hace sino agravar los problemas.

Sin embargo, existen soluciones para la ciudad: soluciones técnicas, que podrían ser relativamente inmediatas, pero por sobre todo, soluciones conceptuales. Los escolásticos denominaban  hábito de sabiduría al ir a las causas de las cosas, aun de las más inmediatas. Y para solucionar los problemas de Arequipa, como en todo, se requerirá claridad conceptual antes que birlibirloques seudotécnicos, que a  los peruanos –eternos acomplejados por la modernidad – nos resultan tan cautivadores. José de la Riva Agüero, uno de los pocos intelectuales peruanos que llegó a ser alcalde, dijo lo siguiente en 1936: «Los hombres prácticos arruinaron y afrentaron al Perú»[1]. Se refería al oncenio. ¡Qué diría ahora!

Presentaremos en las siguientes líneas en torno a dos soluciones conceptuales, dos horizontes de reflexión, que esperamos que puedan ser útiles a las futuras autoridades. El primero tiene que ver con elementos más inmediatos, pero no por eso menos profundos, y el segundo, con elementos más profundos, pero no por eso menos útiles.

[1] José de la Riva Agüero, Afirmación del Perú, Tomo II. Fragmentos de un Ideario, Lima: PUCP, 1960, p. 89

 

*Este artículo ha sido dividido en tres partes. Puedes encontrarlo en su total extensión aquí. Un-plan-para-Arequipa – César Félix Sánchez


Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (I)
22 votos con un promedio de 4.95 estrellas

Comentarios

comentarios

Publicaciones relacionadas

Deja un comentario

Comenta