Comunismo, opio del pueblo

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Por Gonzalo Cervantes.

Tras la caída del muro de Berlín y la desintegración y reforma de la Unión Soviética, muchos en occidente pensaron que el comunismo había perdido, sin embargo hoy en día muchas voces dirigidas por dicha ideología siguen vigentes y vienen retomando poder. Conociendo de los horrores y errores que plantea y ha dejado el comunismo parece necesario revisar lo escrito por diferentes personalidades en contra de tan destructora posición.

En el año 1948 el arzobispo Fulton Sheen, entonces sacerdote y profesor universitario publicó un libro bajo el título de “El comunismo y la conciencia occidental” con la finalidad de explicar las errores del comunismo, guiar a los fieles hacia una respuesta cristiana ante el comunismo. A continuación un pasaje del libro, para no caer en los mismo errores otra vez.

Autor: Arzobispo Fulton Sheen – Doctor en filosofía y teología.

“El comunismo y la conciencia occidental”

(1948, Bobbs-Merrill Co.)

El comunismo es un narcótico para las masas, en el sentido de que apaga y paraliza la inteligencia humana. Un narcótico es una droga que extingue las más altas facultades intelectuales del hombre, pero permite el funcionamiento de las inferiores, tales como las vegetativas y las animales. Bajo la influencia de una droga un hombre no puede pensar, pero sí respirar; no puede querer, pero sí digerir; no puede seguir un proceso de razonamiento pero su sangre circula. Ya no es un hombre, sino un animal. El comunismo es una droga en el sentido de que destruye totalmente la razón humana. Bajo su vigencia, un hombre no puede tomar decisiones por sí mismo sino que debe aceptar las tomadas por el dictador; no tiene conciencia, porque sólo existe la conciencia del Estado; no tiene ideas personales, porque sólo existe un pensamiento fiscalizado por el Estado. Por eso, se embrutecen tan a menudo los comunistas: tan pronto saludan amistosamente a los nazis como vociferan que son sus enemigos: tan pronto elogian al jefe del comunismo norteamericano calificándolo de gran pensador como, cuando aparece un artículo en un semanario francés inspirado por Moscú, 59 de los 60 miembros del Comité Ejecutivo lo censuran como enemigo de la línea partidaria.

Al decir que el comunismo es el opio del pueblo porque atonta al hombre para que se convierta en una mera hormiga, no se niega que Marx usó originariamente la expresión “el opio del pueblo” en relación con la religión, pero eso se debió a dos razones: la primera, que Marx no fue bautizado cristiano por razones religiosas sino políticas. Es simplemente natural que un hombre que usó la religión como si fuese opio crea que todos deben usarla del mismo modo. Marx no sabía una sola palabra de religión, salvo lo que había leído en las obras de Hegel y Feuerbach. Por eso, se le puede perdonar el haber interpretado errónea; mente la naturaleza de la religión por razones de ignorancia. En segundo lugar, al decir que la religión era una suerte de “ersatz” místico para un mejoramiento racional del hombre en el mundo, distaba en realidad de atacar al cristianismo, porque el cristianismo nunca ha tenido el postulado de que las almas deben ser liberadas de un mundo malvado, o que haya un divorcio entre la salvación del mundo y la salvación del alma. Lo que atacaba en realidad Marx era el budismo, para el cual el mundo es intrínsecamente malvado y las almas no deben interesarse por su bienestar político ni por su bienestar económico.

El término “opio” es más propio del sistema de Marx, que destruye la función intelectual del hombre, función que constituye su diferencia especifica del animal. La rígida disciplina partidaria que exige la ideología comunista sólo puede adquirirse a costa de la bancarrota intelectual. La inflexibilidad misma de su literatura, la frecuente necesidad de las depuraciones de partido para eliminar a todos los que desafían a la autoridad, el embrutecimiento de los cambios y medias vueltas en la línea partidaria, todo esto implica la total renuncia al derecho del individuo a pensar por su cuenta.

El ex director del “Daily Worker”, Louis Budenz, describe esta desracionalización del hombre en “La Camisa de Fuerza Roja”, diciendo: “El primer requisito de un comunista es comprender que está sirviendo a la Rusia Soviética y no a otra nación ni interés. Nunca se le permitirá expresar una palabra de reserva o crítica del gobierno soviético, sus dirigentes ni sus decisiones. Todo lo que hagan o digan éstos está bien en un cien por ciento, y los Estados Unidos sólo tienen razón cuando están en total acuerdo con la Unión Soviética. En sus veinticinco años de existencia, el “Daily Worker” nunca se desvió de esta regla: nunca dejó de postrarse ante la jefatura soviética.

El comunista profesional no puede ser como el norteamericano medio y decir: “Esto podrá ser bueno, pero tiene aspectos deficientes”. Si pertenece a la prole sovié­tica, debe decir: “Esto es infaliblemente correcto. No tiene lunares. El que alude a un lunar, debe ser acusado de embustero y difamador de la Unión Soviética”. El comunista debe pensar con un método que le permita defender cada acto de la jefatura soviética y manchar la reputación de quienquiera se atreva a murmurar que ésta pueda equivocarse. Con ese recurso, los comunistas han tenido éxito a menudo, extorsionando políticamente a numerosos “liberales” que temen quedarse rezagados con respecto a la Rusia Soviética, pero a quienes los comunistas desprecian íntimamente.

Debido al carácter fundamentalmente antirracional de su filosofía, es harto natural hallar incongruencias, como la de insistir por una parte en que todos los afiliados sigan sus imposiciones, y la de pedir por otra parte acompañantes y frentes únicos con los que confesadamente no aceptan todas sus teorías. En su propio círculo, el comunismo proclama la antirreligión, pero fuera de su círculo usa el apoyo de “religiosos” profesionales, que hablan bien de Ja política exterior soviética. Harold Laski cree que ésta es la razón principal de que los obreros desconfíen de los comunistas: “El partido laborista, cosa muy lógica y comprensible, acoge con recelo las ofertas de alianza de los comunistas, por cuanto éstos les proponen hacer en sus filas lo que no les permitirían en las suyas. Su política, en suma, de una fidelidad que no admite una franca cooperación con puntos de vista alternativos, provoca naturalmente la desconfianza del propio frente unido que esperaban asegurar. Y todo acto que efectúen para obtener una obediencia rigurosa en sus filas, intensifica simplemente esa desconfianza, subrayando la dudosa sinceridad de la cooperación que ofrecen.

Una segunda dificultad de la filosofía del comunismo es su carácter antidemocrático y antihumano, porque niega el valor del individuo. El comunismo corrige el error del capitalismo monopolista que ha hecho del hombre un “peón”, convirtiéndolo en una hormiga del hormiguero colectivo. Generalmente, el asunto se pasa por alto, pero en realidad Karl Marx expresó que la finalidad del comunismo era destruir la naturaleza espiritual del hombre. Refiriéndose a la revolución religiosa del siglo XVI, Marx dijo: “Así como la Reforma de esa época empezó en el cerebro de un monje, así debe empezar hoy en el cerebro de un filósofo. Si la Reforma no constituía la verdadera solución, era por lo menos una indicación auténtica de la tarea. No se trata ya del conflicto del lego con el sacerdote corpóreo, sino con su propio sacerdote interno, con su propia naturaleza clerical.

Según Marx, el hombre sobrenatural, saturado del Espí­ ritu Santo, fué destruido hace unos pocos siglos: ahora debe ser destruido el hombre natural, dotado de un alma inmortal. Karl Marx repudió a la democracia debido a la naturaleza espiritual del ser humano. En 1843, expresó que la concepción democrática del hombre, esto es, que “no un hombro determinado, pero sí cada hombre, tiene valor como ser soberano”, es la esencia de la democracia… y ciertamente lo es. Rechazó ese tipo de democracia diciendo que se fundaba en “la ilusión, el sueño y el postulado del cristianismo, es decir, que el hombre tiene un alma soberana.”[…]

El propio Marx era un rebelde contra el mundo, pero en cierto sentido, desde otro punto de vista, no sólo fue el primer comunista sino también el último, porque su filosofía anuló completamente la personalidad. Sus primeras quejas contra el capitalismo, cuando afirmó que destruía la personalidad humana, eran exactas; pero cuando adoptó el antipersonalismo de Hegel, que admitió el dominio de lo general sobre lo individual, y el materialismo de Feuerbach, que ridiculizó al espíritu, Marx hizo imposible que la persona se rebelara contra el mundo. Más bien sublevó a un mundo contra la persona. Marx tenía razón al protestar contra el aislamiento total del individuo de la sociedad, pero creó una suerte de ofrenda demoníaca en que la entrega de la personalidad humana a la comunidad concluye en la autodestrucción. Por eso, Marx negaba el carácter espiritual del hombre. Como el cristianismo está edificado «obre la naturaleza espiritual de éste, puede recibirlo en la solidaridad mística de Cristo, sin destruir al mismo tiempo todos los valores de la personalidad. El comunismo le pide al hombre que no viva de acuerdo con la gracia de Cristo, sino según la gracia de la sociedad colectiva. Pero como lo colectivo social es la creación del hombre mismo, hay un círculo vicioso: el hombro no tiene alimento para su espíritu, vive de sí, se nutre de sí mismo. Al absorber al hombre en la colectividad, el comunismo no sólo destruye a la personalidad que es la condición de la democracia, sino que también crea al hombre-masa, que es la negación de la democracia, como lo indicó ya De Tocqueville en 1848*. Para la democracia, la personalidad humana es el valor supremo, para el comunismo lo son las masas: la persona se autogobierna, las masas son regidas por fuerzas extrañas o por la propaganda; la persona se auto determina, las masas son determinadas por el dictador.

La concepción comunista hace de la personalidad una función de la clase, y de la clase una función del proceso dialéctico. Todo hombre recibe su ser y su condición de y por intermedio de la colectividad. En una democracia, el hombre tiene derechos dados por Dios: en el comunismo, los derechos son dados por el Estado y por lo tanto el Estado puede arrebatarlos. Si el problema fuera el colectivismo y el individualismo, el capitalismo y el comunismo, podría hacerse caso omiso de él. Pero hoy el problema es el valor del hombre, o más bien la supervivencia del hombre.


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