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Con calma, con calma carajo…

Por Roncuaz

Con calma, con calma carajo…

Van a ser como siempre han sido, once obreros en la cancha de Boca, sin pasado, sin galones, sin botines de oro. Once muchachos sin miedo, con la inconsciencia de quien sabe muy bien lo que tiene que hacer y deja el resultado para otros, como un regalo que puede llegar o no.
Los escuchas declarar con el mismo tono y el mismo discurso repetido como de paporreta, como una consigna para no regalar titulares a la prensa estúpida: “estamos concentrados, estamos preparados, sabemos que Argentina es un gran equipo pero podemos jugarle bien a cualquier equipo en cualquier parte”.
Una misma formación desde el inicio, un titular por puesto y un suplente igual de entregado dispuesto a recoger el reto si su hermano cae. Una identidad recuperada y aumentada con el trabajo físico, el toque fino, el control perfecto, la velocidad de los pequeños, la inesperada fuerza de hombres que parecen superables pero no lo son, o no fácilmente.
Un equipo que sabe que es chico y por eso no deja espacios y marca a muerte pero sin violencia, un equipo que porque sabe que es chico se ha hecho grande con una solidez difícil de lograr porque se basa en haber mordido el polvo muchas veces y así ha hundido en lo profundo el cimiento de la humildad para construir la torre que nos pone al borde de llegar al mundial.
En la retina, allí, en el fondo del ojo desde ya húmedo de agradecimiento y esperanza, de recuerdos y de sueños de niño, allí, en la retina, está la velocidad mental de Cueva, la aparición fantasmal de Ruidíaz, los pases milimétricos de Trauco y de Yotún a Guerrero en ese par de goles casi idénticos que dejan regados cual maniquíes inservibles a defensores de la talla de Funes Mori y Godin. En la retina, Guerrero, el Nueve, con mayúscula, la quilla del barco, el emblema de la nave, el buque insignia de la escuadra, el insoportable tiburón que nada en el área contraria.
En la retina el gol de fulbito del caballito Hurtado en Ecuador y los inexplicables goles de la Oreja, su celebración que pide que se escuche en lugar de gritar, el bendito pie izquierdo de un muchacho sin tatuajes, sin corte de pelo, sin aretes. Un chico peruano que si lo pones detrás de una carretilla de emolientes no lo reconoces y que de pronto aparece sacando un zurdazo sutilísimo como el gol contra Chile, un balazo imparable contra Uruguay, un misil contra Ecuador y un fierro contra Bolivia. Oreja es el diferente, el imprevisible, el indispensable justamente porque nadie se da cuenta que está en la cancha hasta que lo ves gritando gol.
Y todos los demás son eso: obreros, guerreros y hermanos. Eso es lo que ha hecho Gareca, una selección de todos. El mudo Rodríguez, el que no hace ruido pero siempre sale controlando. Aquino, Tapia, Hurtado, Araujo, Ramos, Gallese, Corzo, Carrillo, Cáceda esos nombres que resuenan en nuestros oídos con ecos de radio. Esos nombres que recuerdan una lista de colegio. Nombres para los que nos va a faltar espacio por ahora.
Nada está dicho, vamos como ellos, con calma, con calma, carajo. Eso sí, ya muy agradecidos por todo lo que han hecho, muchachos.

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