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Confusiones de un elector desmemoriado

Por: Manuel Llerena


Confusiones de un elector desmemoriado

Es año post electoral, un año de gobierno de un señor del cual me es difícil escribir su apellido y hace poco leía la columna de Carlos Timaná “La política es en serio señor ministro” en la cual mencionaba que el “equipo de PPK… no tienen sólo un jefe, el Presidente, sino 2: la mayoría fujimorista en el Congreso” y así mismo se hacía la pregunta “¿Qué requiere PPK para que su gabinete no termine hecho una puerta giratoria?”. Esa pregunta empezó a dar vueltas en mi cabeza cayendo en la cuenta, desde la opinión pequeña de ciudadano, que los políticos se olvidan de donde surge su poder. Así es, el poder que nosotros les entregamos hace ya un año para que puedan tomar las mejores decisiones y hoy en día hemos, porque me incluyo, caído en la abulia de no participar de forma activa para hacerles recordar a los “padres de la platria” a quienes tiene que proteger. Y como en película de Hollywood es bueno tener flashback personales que ayuden a desentrañar tamaño comportamiento. Eso me sitúa en el primer contacto que tuve con un personaje político cuando tenía 6 años. En aquella época vivía en pueblo joven en un distrito joven en Arequipa, Alto Selva Alegre para ser exacto. Corría el año 1994 y la gente estaba feliz por tener por fin una pista asfaltada por la cual podrían llegar los carros con mayor facilidad (los de servicio público ya que en la zona era un lujo tener carro propio). En ese entonces aún no entendía que significaba progreso, desarrollo, inclusión, palabras que eran repetidas con frecuencia por las persona. Mi colegio, humilde, estaba a media cuadra del estrado principal que armaron las autoridades para recibir al presidente, y a final pude verlo a un par de metros. Pequeño, delgado, chino. Lo que más me sorprendió fue que la gente se alegrara por la visita oficial de un personaje público ya que significa para ellos que el gobierno se preocupaba por ellos y podían estar cerca de alguien del gobierno. Pancartas, vítores, gritos de oposición, cámaras de televisión, policías y guardaespaldas es un factor común que he visto desde ese entonces a los políticos del país, como si fueran personas inalcanzables, fuera del común de la gente.

Mi segundo contacto directo fue a los 18 años, aquella vez ya tenía a obligación de votar, mi primera votación en la cual mis abuelos me pedían un voto responsable. Les pregunté que era eso y me respondieron que eligiera al que menos lacla. Y recomendaron que no creyera propuestas electorales de los candidatos. Inocente más que entusiasmado me dirigí a un mitin que se desarrollaba en Alto Selva Alegre y durante hora y media escuché que para lograr un país desarrollado debíamos tener un estado fuerte que protegiera los intereses del pueblo para que así podamos todos acceder a las riquezas del mismo. Durante este tiempo escuché acerca de cómo en el mundo los gobiernos tenían que negociar con las empresas privadas para traer capital pero al mismo tiempo defender los intereses de los más necesitados. Y voté por el candidato perdedor. A partir de ese momento caí en la cuenta de cómo la elección de la mayoría marcaba el rumbo de un país y el mío también.

El tercer contacto y el decisivo fue casi terminando la universidad cuando los movimientos estudiantiles luchaban por votos para ocupar cupos en las asambleas universitarias y tercio estudiantil, y caí en la cuenta que no solo se trataba de votos o de debates, sino poder, para controlar la facultad, por lo cual me deslinde del comportamiento casi cavernícola de algunos compañeros y decidí ser rebelde a tiempo completo. Justo en esa época turbulenta de mi vida se desarrolla otra elección y escuché un comentario de mi madre cuando un economista mencionaba la importancia del crecimiento económico en televisión: “El crecimiento del PBI no lo puedo meter a la olla y cocinarlo para mis hijos, lo que necesito es trabajo”. Aquella frase la guardo como una joya porque encierra la finalidad de todo político: desde su posición ayudar a las personas que no tienen las mismas posibilidades y al mismo tiempo velar que se haga de manera transparente.

Terminé la universidad y decidí apostar por el sector público y al trabajar en salud, en específico en el área de salud mental comunitaria he aprendido que la comunidad es la que puede y tiene que organizarse, saber cuáles son potencialidades y resolver sus problemas, pero uno de los pilares es que ellos se sientan apoyados por sus autoridades para que participen activamente por el cambio de su comunidad, al no tener esto el camino debería ser que nos involucremos más en el seguimiento de las actividades de los personajes políticos, pero en verdad no nos importa. Los vemos lejos inalcanzables y olvidamos que ellos están ahí porque la mayoría los puso ahí, mayoría que sigue siendo del pueblo, ese pueblo que hace 20 años formó un grupo para conseguir agua, luz, desagüe y asfaltado y al lograr su cometido, se disolvió. Y este comportamiento lo heredamos esta generación del 90 en adelante que creció entre diarios chichas, talk shows, technocumbia y exhuberantes vedettes. Tuvimos una generación maravillosa que luchó por derechos y eso hizo que la siguiente se sintiera cómoda y por lo mismo pusilánime. Nos han hecho creer que no podemos hacer nada, que la corrupción es parte del estado y es un rezo diario de“las cosas son así y no van a cambiar”. Cambiarán el día que nos falte libertad, no la de acumular bienes de consumo y ver lo que deseemos en Netflix, sino la de trabajar esclavizados, encerrados con candados y asfixiados con humo de información innecesaria. Surgirá entonces otra generación que luche igual que hace 20 ó 30 años. Y entonces la política será en serio.


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