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¿De qué le sirve al Perú un ejercito de muertos?

Por Roncuaz

¿De qué le sirve al Perú un ejercito de muertos?

Es la pregunta que hace un tal Belaúnde a Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y los oficiales que deciden resistir hasta quemar el último cartucho en el morro de Arica. La respuesta es justamente que todos los peruanos recordamos que hay deberes sagrados, realidades más grandes que nuestra comodidad e incluso que nuestras vidas. De eso sirve, traidor. De eso se trata, cobarde. De vivir con el corazón abierto a los demás. De ser capaz de dar la vida por una causa justa. De no ser como tú, siempre dispuesto a buscar tu miserable supervivencia por encima de tu verdadera dignidad. Se trata del amor a la patria, la  virtud de la pietas, la conciencia del honor de ser hijo, de actuar de manera que nuestros padres sean honrados con nuestra presencia y nuestros hijos jamás se avergüencen de nosotros. Se trata de saber que igual vamos a morir y lo que importa es para qué vivimos, en qué invertimos este tiempo que Dios nos ha regalado.
Sé muy bien del cinismo de esta época tan idiota de la humanidad y de la peruanidad. Sé muy bien de lo olvidadas que están realidades como el honor, la lealtad y la fidelidad a la palabra dada. Y justamente por eso, cuando uno ve una película como esta, es que esa bocanada de aire y esa pequeña luz que entra en un calabozo por un inesperado resquicio, se convierten en inspiración, en lectura de la propia vida, en deseo y amor que indudablemente vienen de Dios.
No es sólo la película, es la historia en sí, el cuento peruano de Leónidas que termina escribiendo con sangre una parábola imborrable para cualquier hombre que conserve un poco de amor y sentido común, porque en verdad, es mejor morir con honor que vivir escondiendo la cara por cobarde. Y no sólo la historia en sí sino la historia de la película, otra parábola que recuerda a Alfonso Ugarte, como si fuera un espejo: un director loco que vende su casa para financiarla y se pasea por todo el Perú como si su creatura fílmica fuera una pueblerina función de títeres que hace que al final el público pudoroso se seque las lágrimas y aplauda de pie, como hace años no se veía en un cine.
“La gloria del Pacífico” es una de esas películas que te impiden atreverte a criticar lo técnico, uno lo siente casi como un insulto. La historia, la parábola y la inspiración solemne del valor detienen a sablazos el cálculo y la cobardía disfrazada de prudencia, tal como responde, en una de sus escenas, un oficial al que los soldados enemigos le piden rendirse: “¡No me rindo! ¡Viva el Perú carajo!”
De eso, cobarde personaje, de eso sirve un ejército de muertos: de inspiración, de vida, de conmoción honda y deseos de amar al Perú, a la familia, al barrio, a los padres, a los hijos, al bien común, hasta dar la vida. Oganes: muchas gracias, muchas.

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