Dirán paz y seguridad…

Por: César Félix Sánchez Martínez


Dirán paz y seguridad…

Santo Tomás decía que la paz era la tranquilidad en el orden. No puede, por tanto, haber paz sin orden. La obra de la justicia es la paz, decía el lema del recordado –y tan extrañado- Pío XII, angélico pastor de la Iglesia en mejores tiempos.

¿Puede nacer la paz de la injusticia grave? Y, lo que es peor, ¿puede ser considerado como de paz un proceso que acabe generando más desorden que el que supuestamente está llamado a terminar?

Todo esto parece estar a punto de ocurrir en Colombia. No solo habrá extrema impunidad para los guerrilleros (responsables de crímenes terribles, que van desde la violación masiva y prostitución forzosa hasta la refinada crueldad de atar explosivos a las cabezas de sus rehenes y detonarlos, así como el reclutamiento de niños, el narcotráfico y las masacres y asesinatos cotidianos), sino también un pago de millones de dólares anuales a su cúpula y «dietas» equivalentes a 3 000 dólares mensuales para gastos, para la oficialidad, y 200 dólares para la tropa. Saldrán libres también los ya condenados.

Del gran botín de sus gastos ilícitos, no se oye, Padre. Además de eso, las FARC contarán con un canal de televisión, decenas de radios y todo el apoyo material y moral del Estado para constituir un partido político. Y por si eso no fuera poco, se le asegurarán 10 representantes en las asambleas de la nación, aun si no son elegidos.

El acuerdo, además, involucra una Reforma Agraria que considera la posibilidad de  expropiar tierras privadas. Por otro lado, el Estado colombiano hace suyo, a instancias de los terroristas, el llamado «enfoque de género» proabortista y prohomosexualista. Podrán reconfigurar la sociedad colombiana a su libre capricho.

Por otro lado, décadas atrás, se convenció ingenuamente a los militares de los regímenes de fuerza de Latinoamérica a dejar sus cargos en aras de la llamada «transición democrática». Ingenuamente creyeron en la caballerosidad de sus enemigos, directos o embozados, y ahora muchos  de ellos  (y sus subordinados) purgan prisión o viven a salto de mata, por temor a la justicia internacional, que no conoce de amnistías ni prescripciones. ¡Qué mala suerte que no fueron guerrilleros! Porque la llamada «justicia transicional» asegura un práctico borrón y cuenta nueva para los guerrilleros responsables de atrocidades y sus fallos son inapelables y no hay instancias –ni humanas ni divinas- superiores a ellos.

Este domingo 2 de octubre se celebrará un referéndum, para aprobar un pacto ya firmado y luego de una campaña del aparato mediático y propagandístico del gobierno para arrinconar al «no». Los expresidentes Uribe y Pastrana invocaron a los dignatarios mundiales a no acudir a la firma del tratado, para evitar una injerencia ante un proceso electoral. Pero nuestro presidente no conoce de prudencias ni respetos (como fue y es evidente, desde su tiempo de ministro de Toledo y durante sus chabacanas y agresivas campañas electorales) y se fotografió, al lado de Raúl Castro, de Santos y de Timochenko. Para empeorar las cosas, el supuesto «presidente de lujo», ante su rechazo a la inscripción del brazo político de Sendero Luminoso en el Perú, fue preguntado sobre entonces porqué aceptaba el reciclaje de las FARC, y con la lucidez prístina y la elocuencia que lo caracteriza, dijo: «Eso es otra cosa».

Claro, otra cosa. Que yo sepa, Sendero nunca lanzó balones de gas dentro de una iglesia, matando 119 civiles desarmados, como hicieron las FARC en Bojayá en el 2002, por citar un ejemplo reciente.

Lo más triste de todo es que un gran país como Colombia, luego de haber casi derrotado a los violentos, será entregado a su capricho, con armas y bagajes. Y no habrá ninguna paz, sino, como predice Carlos Alberto Montaner, más desorden y violencia. Porque, como dice san Pablo, «dirán paz y seguridad  y vendrá sobre ellos la destrucción repentina» (1 Tes. 5:3).


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