El espacio público

Por César Félix Sánchez Martínez

Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (II)*

“El presente artículo se escribió en 2014, en vísperas de otras elecciones municipales. El autor ha decidido publicarlo ahora al comprobar su triste actualidad”.

El espacio público

El problema de Arequipa no es distinto al de toda ciudad: rescatar el espacio público. Pero con lo fácil como es descubrir este horizonte de reflexión, está ausente de las declaraciones de nuestros candidatos, que en su desesperación recurren casi siempre al eslogan vacío y manipulador.[1]

Malcolm Gladwell, hará ya cierto tiempo, desarrolló su broken window theory. Aunque los empiristas de siempre la criticaron, su aplicación en la ciudad de Nueva York fue muy exitosa. Así, era patente el cambio entre la ciudad de 1990, rodeada por un cinturón de inseguridad y deterioro, y la de 2000, que sorprendía a propios y extraños con zonas revalorarizadas y proyectos inmobiliarios nuevos en ritmo casi semanal. La diferencia era la teoría. Mientras las administraciones demócratas pretendieron ingenua e ideológicamente rescatar las zonas marginales y mejorar la seguridad ciudadana  con “programas de apoyo social” y demás “medidas directas” que el sentido común progresista exigía no se notó mayor cambio. En cambio, las gestiones republicanas aplicaron la teoría de Gladwell: no dejando de lado ninguna otra medida de apoyo, se centraron principalmente en el rescate del espacio público: veredas arregladas, parques bien dispuestos, ornato en las viviendas y en las calles. Los resultados fueron inmediatos: la delincuencia disminuyó exponencialmente. No solamente por factores de psicología latente que llevaban a los carteristas a considerar instintivamente que un espacio público ordenado remitía a la posibilidad inmediata de ser reprimido por policías o vecinos, sino principalmente porque un espacio público hermoso y ordenado da organicidad a la ciudad, la integra. La circulación de personas, la vida económica y el simple paseo de sus ciudadanos por sus calles y plazas oxigena la vida urbana y acaba generando aquella solución fundamental a los problemas de pequeña delincuencia: donde hay una comunidad organizada y viva la criminalidad no tiene espacio. Muy al margen del Señor Estado y sus –competentes o no- fuerzas policiales o judiciales.

Pero un espacio público quebrado, formado por islotes discontinuos, con vías en mal estado o  inexistentes, e incluso con falta de armonía arquitectónica y paisajística, acaba esclerotizando la ciudad y generando una disminución importante en la calidad de vida. De ahí que las rejas con las que los vecinos pretenden lidiar con la delincuencia acaben siendo contraproducentes.

Sin embargo, ¿cómo rescatar el espacio público en el caso específico de Arequipa? Pues mediante la preservación y consolidación de un espacio público de calidad que integre de forma continua a la ciudad. El proyecto ya existe desde hace muchos años: es el parque transversal del Chili. Aunque pueda sonar extravagante a los espíritus fuertes, acostumbrados a los datos y a las cifras, de la consecución de este proyecto depende el futuro de la ciudad. El rescate del valle del Chili es un imperativo: desde la ex parada de Tingo hasta Chilina, pasando por el vallecito de San Isidro y el mismo Vallecito, es imperativo convertir a ese espacio –a veces grotescamente degradado, ¡Dios quiera que no de forma irremediable! – en un gran sotobosque ribereño, que permita a los ciudadanos circular y practicar disciplinas y deportes adecuados como el ciclismo y el hicking, además de constituirse en el gran pulmón necesario de la ciudad. A esto se deberá unir un proceso de descontaminación del río. Si se pudo con el Támesis casi muerto de fines del XIX mucho más se podrá con nuestro modesto Chili.

Con respecto al resto de la ciudad, la clave está en integrar y articular aquellos espacios de mayor circulación de peatones en  los distritos: establecer alamedas y paseos peatonales continuos y armónicos, restaurar y mejorar los parques y vías, en torno a malls y centros comerciales que, por lo menos en tres distritos, se encuentran no muy distantes entre sí, y que podrían constituirse en arterias de esta revitalización orgánica de la ciudad.

El rescate del espacio público conlleva, necesariamente, al rescate de lo público en general a nivel de la ciudad. Así, el problema público por excelencia, el del transporte, podría ser también mirado con otra óptica a la luz de una visión orgánica de la ciudad. Como sabemos, Arequipa no cuenta con un servicio de transporte público sino con un sistema de transporte privado de uso público. Por ahí se dice que hay más taxis en Arequipa que en Madrid. Quizás sea cierto. Pero es aquí donde conviene hacer una reflexión seria y realista: ¿tiene la ciudad la infraestructura vial adecuada para un sistema de corredor vial de buses articulados como el Metropolitano de Lima? ¿No será mejor buscar otras soluciones, incluso bastante más modestas, mientras no se implemente un sistema masivo de transportes?

La historia del SIT en Arequipa es tragicómica. Cada alcalde que ha pasado por el poder lo ha prometido, incluso poniendo plazos y fechas de inicio de la circulación ridículas y patentemente falsas. Se ha llegado a reformar en el papel esta quimera mil y una veces, cambiándole de nombre, incluso. Pero lo obvio parece ignorarse: ¿existe alguna estructura similar en Arequipa a la Vía Expresa de Paseo de la República que en Lima contiene el grueso del corredor vial exclusivo de los grandes buses articulados del Metropolitano y las estaciones diversas que lo conforman?  ¿Podría crearse? Lo dudamos mucho. El trazo vial de Arequipa sigue siendo el de una ciudad de 300 000 habitantes y no vemos cómo pueda cambiarse esta realidad. Quizás ya sea la hora de ir preguntándose por la posibilidad,  no del extravagante monorriel,  ni de un tranvía, mucho más lógico pero que colapsaría por el uso masivo, sino de un sistema subterráneo, bastante más caro pero mucho más acorde a la realidad de la ciudad.

Mientras tanto, los transportistas del transporte real, ante la amenaza de ser desplazados por la quimera de un SIT que nunca vendrá, se resisten a invertir en nuevas unidades. Así, el transporte arequipeño se ha  convertido en una especie de pesadilla, con una oferta malísima y limitadísima: vehículos viejos, pequeños,  incómodos y muy escasos, casi siempre llenos, y muy lentos: observar a horas punta las “estaciones centrales” de la calle Villalba (¡!), del Seguro Social, de San Lázaro y Ayacucho o de Goyeneche es verdaderamente dantesco.  Las rutas están tan extrañamente diseñadas que, en lugar de hacer uso de vías amplias y directas, de cuando en vez dan rodeos innecesarios. Cuántos de nosotros no hemos vivido la kafkiana experiencia de pasar más de tres cuartos de hora doblados en una combi, haciendo una ruta que en cualquier circunstancia normal no demoraría más de diez minutos, a veces con un tránsito no tan tupido. No es una hipérbole sostener que el “transporte” en Arequipa hace ver a Orión y El Chosicano de Lima como el tranvía de Berlín.

Se exige una acción inmediata en este aspecto; podría comenzar con un pacto entre los transportistas, la Municipalidad y las organizaciones más representativas de la ciudad, centrado en los siguientes puntos:

  1. La admisión de la provisionalidad del servicio de transporte privado de uso público hasta la creación de un sistema de transporte masivo adecuado para la ciudad (que probablemente demore más de una década); posterior a la cual las empresas y unidades podrán ser, en la medida de lo posible, constituidas como alimentandoras.
  2. El rediseño y reparto racional de las rutas, adecuado a la nueva realidad de la ciudad, que ya no es la misma de inicios de los años 90. Este punto es de sentido común, pero como tantas cosas de sentido común ha sido olvidado por nuestros políticos.
  3. El establecimiento racional de paraderos y su respeto irrestricto, merced de la vigilancia de inspectores municipales. Aunque parezca mentira, la existencia de paraderos definidos –que en Arequipa no hay- podría aligerar enormemente el tráfico en avenidas como Goyeneche o Ejército. Otro punto de sentido común olvidado.
  4. El establecimiento de créditos blandos y otras facilidades para la renovación de los vehículos. Proscripción del modelo combi y establecimiento de un aforo máximo en las unidades.
  5. Creación de cuatro líneas de transporte expreso, de los cuatro conos de la ciudad al centro, que solo pararían en unos pocos paraderos definidos.
  6. Creación, en las inmediaciones del centro histórico de la ciudad y cerca de las “estaciones centrales” espontáneas formadas en la hora punta, de plazas/patios abiertos, que sirvan como simples paraderos pero más amplios y adecuados a la afluencia de público y vehículos. Podrían utilizarse diversos predios semiabandonados, que serían confiscados a justiprecio por el bien público y que se hallan en la avenida La Marina y en las inmediaciones del Seguro Social, entre otros. Esas plazas podrían integrarse también al espacio público orgánico y ornamental de la ciudad.

Estos puntos constituirían un plan a mediano plazo implementado por fases. Si solo se implementasen las tres primeras, ya el cambio se notaría inmediatamente.

Puede considerarse ingenuo abordar el problema de Arequipa exclusivamente desde el espacio público. ¿Pero alguien conoce alguna otra forma, más allá de la demagogia o de la abstracción seudotécnica?

En fin: al margen de las propuestas, muchas de ellas ya existentes o de simple sentido común, que hemos expuesto aquí, quedan  dos grandes preguntas: ¿Por qué no son implementadas por los políticos?; más aún: ¿podrían ser implementadas, aun si existiera voluntad política?

Sobre esto versará el siguiente horizonte de reflexión.

[1] Nota de 2017: Contrariamente a lo que algunos «espíritus prácticos» pueden sostener, la conservación del espacio público y del patrimonio paisajístico de Arequipa es de importancia fundamental. Y esta condición fundamental se explica porque tiene que ver con un elemento profundo, quizá el más profundo, de la condición política (léase social) del ser humano: la importancia de los ambientes para el despliegue del hombre. ¿Qué es nuestra vida sino un continuo pasar de determinados ambientes a otros y proyectar aquellas virtudes que son estimuladas por la contemplación del orden y de la belleza? Perder el espacio público y el patrimonio paisajístico tradicional es perder en algo nuestra condición espiritual humana y, en todo nuestra identidad, pues es ante esa belleza y ante ese orden que nuestros ancestros construyeron un legado multisecular de poesía, reflexión, obra artística y pensamiento que define lo que fue Arequipa y sin el cual nuestra vida sería infinitamente más pobre.  Digresiones escolásticas aparte, el problema de Arequipa no es distinto al de toda ciudad: rescatar el espacio público. Pero con lo fácil como es descubrir este horizonte de reflexión, está ausente de las declaraciones de nuestros candidatos, que en su desesperación recurren casi siempre al eslogan vacío y manipulador.

*Este artículo ha sido dividido en tres partes. Puedes encontrarlo en su total extensión aquí. Un-plan-para-Arequipa – César Félix Sánchez

Puedes ver la primera parte aquí:

Un plan para Arequipa: horizontes de reflexión (I)


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