El Perú frente al terror

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Por: Pablo A. Quintanilla – Sociólogo

El Perú frente al terror

“Hace mucho tiempo perdí la esperanza de conciliar a aquellos que no pueden escucharse” 

Georges Duhamel

Empezando con el caso de Lori Berenson el 2015, la ex-carcelación y liberación de líderes terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA viene motivando una serie de intensas emociones y reacciones entre los peruanos. La prensa, adepta a la exageración, dramatiza siempre las cosas para ganar audiencia, desde qué tan sorprendente fue algún gol de Messi hasta lo increíble del nuevo peinado de Alondra García, y ensaya arriesgadas hipótesis de un rearme terrorista. A la par, algunos comentaristas, principalmente de izquierda, intentan ponerle paños fríos a la situación, señalando a las leyes como garantes últimos de la justicia y los derechos humanos. Y algunos de ellos, buscando el aplauso de los tontos, desnudan su inmadurez burlándose de la indignación y los temores de gran parte del país.
Esto no debe distraernos de tomar el asunto con la seriedad que se merece. Debemos preguntarnos: ¿qué revela este continuo malestar ciudadano por reencontrar nuevamente a los terroristas en los televisores de nuestras casas, esta vez retomando sus vidas libres en sociedad, aquellas vidas libres que le robaron a las miles de madres, padres y niños que asesinaron?

[…]en el Perú no hubo ni habrá un proceso de reconciliación entre ciudadanos, Estado, y terroristas.

Buscando contribuir al debate, quisiera ensayar dos interpretaciones: una política y otra sociológica. La primera, política, es que en el Perú no hubo ni habrá un proceso de reconciliación entre ciudadanos, Estado, y terroristas. En nuestra historia reciente hubo oportunidades y momentos clave para ello, es decir, para ir construyendo un discurso y unos gestos conciliadores, de enfrentar lo sucedido, asumirlo, arrepentirse, pedir perdón, y cumplir con el deber patriótico de reconstruir nuestra débil unidad social. Lamentablemente esos momentos pasaron sin crear ninguna reconciliación. Consideremos, en primer lugar, la elaboración y publicación del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el año 2003. Hasta hoy dicho informe sigue generando polémica; nos guste o no, en la sociedad existen críticas a la trayectoria política e filiación ideológica de sus miembros, a su forma de categorizar el conflicto, a su manera de establecer las cifras de las víctimas y de presentar como actores equivalentes a Estado y terroristas, entre otros aspectos. Así, el esperado informe de la reconciliación se convirtió irónicamente en una fuente nueva de enfrentamiento entre sectores políticos. Otro potencial hito del proceso conciliatorio, el juicio al expresidente Alberto Fujimori, fue también materia de intensas disputas. Fujimori no supo manejar un mensaje de arrepentimiento, y recibió una dura condena. El problema fue que mientras para algunos Fujimori fue condenado en un juicio ejemplar y emblemático, para otros Fujimori fue sentenciado sin pruebas, su culpabilidad estuvo decidida y manipulada desde antes del juicio, y fue presa de sus enemigos políticos. No es descabellada la hipótesis de que parte del masivo apoyo popular que recibió el Fujimorismo en los últimos años, se deba a la sensación de que Fujimori fue condenado injustamente. Nuevamente entonces, la oportunidad conciliatoria terminó alimentando un mayor enfrentamiento social, y fortaleció tanto a la corriente anti-Fujimorista (que sabe rechazar con la emoción, mas no producir con la razón) tanto como a la Fujimorista (grave muestra de pésimo y autodestructivo uso de capital político). Y luego tuvimos las intentonas de Movadef, burda agrupación de fachada, de acceder con engaños a la política nacional para defender intereses senderistas; otra fuente de indignación ciudadana. De nuevo, líderes sin arrepentimiento, sin un gesto de conciliación democrática, sin una voluntad de construir algo en paz. Por último, tanto los fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos favoreciendo a terroristas, como el indulto a Fujimori que concediera el presidente Kuczynski han sido también materia de división entre grupos que se comportan, irónicamente, cual fanáticos religiosos, creyéndose cada quien poseedor único de la moralidad y la verdad en el país. Y mientras las víctimas de los horrendos crímenes del ejército exigen que se cumpla con sus reparaciones, por su parte muchos militares se sienten acosados y perseguidos por una justicia que parece ensañarse contra ellos.

“[…] el Perú no dejó nunca de ser víctima del terrorismo. Ni Sendero Luminoso ni el MRTA perdieron completamente su guerra contra el país, pues instalaron entre nosotros el miedo no sólo a sus bombazos o secuestros, sino también un profundo temor a la capacidad misma de nuestra sociedad de generar agrupaciones asesinas dispuestas a todo por arrancarnos a los ciudadanos de la república el control del Estado.”

Resumo: desde hace más de quince años hubo múltiples oportunidades para construir, paso a paso, un proceso conciliatorio entre sociedad, Estado y terrorismo. Pero en ninguna de ellas la clase política o los líderes involucrados lograron iniciar ese proceso; todas las partes se sentían maltratadas y perjudicadas, y ninguna estuvo dispuesta a buscar un camino conciliatorio para el país. Quizá se deba a que los abismos que dividen a estos actores sean simplemente demasiado inconvenientes, profundos y dolorosos como para cruzarlos. E inevitablemente esa moneda tiene otra cara, y es que carentes reconciliación, esas fuertes divisiones conflictivas vienen cruzando los años intactas y a paso firme, y van ganando la batalla por la conciencia de las nuevas generaciones de políticos y de ciudadanos.

Estas reflexiones me llevan a una segunda interpretación, esta vez sociológica: el Perú no dejó nunca de ser víctima del terrorismo. Ni Sendero Luminoso ni el MRTA perdieron completamente su guerra contra el país, pues instalaron entre nosotros el miedo no sólo a sus bombazos o secuestros, sino también un profundo temor a la capacidad misma de nuestra sociedad de generar agrupaciones asesinas dispuestas a todo por arrancarnos a los ciudadanos de la república el control del Estado. Ser víctima del terrorismo va mucho más allá de morir por uno de sus coches bomba, pues como bien explica el profesor Michel Wieviorka en su obra “Sociedades y Terrorismo”, los ataques terroristas buscan también producir fuertes efectos psicológicos en la población, así como generar relaciones sociales dañadas por el miedo y la desconfianza; todo ello contribuye a alcanzar sus fines políticos. En el Perú de hoy, o mejor dicho, en los Perú de hoy (en nuestro territorio conviven al menos 3 o 4 países distintos), siguen vivas esas relaciones de miedo y desconfianza, de temor a volver a vivir en una sociedad que se va resquebrajando, nuevamente impotente frente a la insania y odio de grupos radicales de izquierda. Y ni las artes, con todo su potencial transformador, han logrado mejorar esta lamentable situación. Durante estos años se han venido presentando (principalmente en Lima) películas, estudios, biografías, novelas, y exposiciones de distinto tipo buscando dar a conocer aspectos importantes de la guerra interna, particularmente los atroces crímenes de las fuerzas del orden (i.e., violaciones, torturas, desapariciones), o el punto de vista y experiencias de peruanos para quienes tuvo sentido hacerse terroristas. De hecho, el Museo de la Memoria, en Barranco, forma parte de ese universo de esfuerzos culturales. Pero tienen limitaciones, y han servido para sensibilizar, fundamentalmente, a un sector de la juventud de la clase media urbana, presentándole con algo más de distancia los crímenes del Estado, motivando un claro rechazo hacia esas acciones, y por otra parte acercándolos al fenómeno terrorista, generando cierto grado de comprensión acerca de sus motivaciones y contexto. De hecho, para algunos jóvenes peruanos los crímenes del Estado peruano durante la guerra interna generan mayor repudio que aquellos del terrorismo. No porque esperen del Estado una batalla perfectamente legal, sino porque consideran al terrorismo—con inocencia e ignorancia—como un válido esfuerzo de liberación social, malvado en los medios pero justo en los fines. Pero fuera de ese sector de la juventud, las artes no han generado comprensión, simpatía o perdón hacia los terroristas. Es necesario reconocer que durante años el terrorismo le enseñó a todo el país, a punta de sangre y muerte, que la civilización y la paz son logros frágiles, y que el salvajismo de asesinar a una madre a pedradas, o de utilizar a niños como bombas humanas, haciéndolos volar en mil pedazos, están más cerca de nosotros de lo que quisiéramos creer. Quiero decir que en el Perú seguimos traumatizados, intentamos no recordar para no volver a sentir. Y este miedo que nos tenemos entre peruanos, este daño que nos hicieron los terroristas con su guerra, debería motivar reflexión, pausa y empatía, pero jamás burla. Tampoco tiene sentido condenar a aquellos peruanos que ponen la justicia y los derechos de sus hermanos muertos por encima de aquellos de sus despiadados asesinos, pues los grupos humanos generan criterios orgánicos, históricos, propios. Esopo, aquel sabio, nos lo sugirió hace varios siglos: “Si el lobo no consigue amigos, es porque sólo sabe hacer el mal”.

La verdad de la política es el acuerdo, y el orden que permite para la vida en sociedad. Pues las verdades de nuestra historia son la división y el conflicto; a todo nivel, nos cuesta producir consensos y unidad. Y es por ello que somos una sociedad caótica, sufrida; terreno fértil para que broten nuevos conflictos. Por todo lo visto, al igual que la memoria de los años del dictador militar Velasco, el periodo de la guerra interna y sus diversas tragedias contaminará de amargura y encono los futuros debates sobre nuestra política e historia; he allí el pesado fardo con el que nos toca volver a intentar, una vez más, a construir un país en donde vivir.

Bibliografía
Aesop. Fables. London: Oxford University Press, 2002.
Badiou, Alain. Notre mal vient de plus loin: Penser les tueries du 13 novembre. Paris: Fayard, 2017.
Keane, John. Violence and Democracy. Cambridge: Cambridge University Press, 2014.
Wieviorka, Michel. Sociétés et terrorisme. Paris: Fayard, 1988.


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