El problema

Por: Mauricio Rodríguez-Camargo


El problema

Estoy convencido que el problema del teatro comienza en la educación (como todo problema).

El universo de teatreros es considerablemente reducido en comparación al universo de músicos, artistas plásticos y danzarines, lo que tiene su origen en las aulas escolares.

En los colegios se le da poca importancia al teatro y son pocas las instituciones educativas que lo tienen como un curso.

El teatro es mencionado solamente tres veces en el Currículo de Educación Nacional, para mencionar la importancia que nuestro ministerio le ha dado.

Este desinterés por el teatro en las aulas se traduce en dos cosas: la primera es el reducido número de teatreros, y la segunda es una falta de costumbre de asistir a obas de teatro.

La mayoría de personas dedicadas al teatro que conozco tuvieron un encuentro tardío con este arte, generalmente en la universidad o en algún taller.

En el colegio el teatro pasó desapercibido, nada más que las actuaciones por el día de la madre o hacer de San Martín el 28 de Julio.

Esto, sumado a la falta de instituciones dedicadas al teatro, hace que la experiencia teatral en nuestra ciudad sea muy reducida.

El público no está acostumbrado a ver teatro. He estado en funciones en las que ha habido gente que confiesa ser la primera vez que asiste a una obra de teatro.

Tengo el efímero recuerdo de haber asistido, en mis tiempos de colegio, a una obra de teatro propiamente dicha, a una y nada más.

La falta de costumbre teatral deviene en un público no preparado para ver una obra. La mayoría de personas cree que da lo mismo ir al cine, al circo o al teatro.

En una función, durante el célebre monólogo “ser o no ser” de Hamlet, una mujer creyó que era el momento oportuno para compartir con sus tres compañeras de turno una barra de chocolate, la cual, sacó de su cartera, abrió y partió sin el mayor reparo. La sala donde presentábamos la obra era peculiarmente pequeña, bajo la premisa de teatro íntimo. Como es de esperarse, aquel ruido desconcentró a todos los actores.

Durante la temporada de la misma obra he visto a mucha gente mandar mensajes de texto, contestar llamadas con el clásico “no puedo hablar ahora”, y alguna que fue, al parecer, de suma urgencia, obligó a salir al no tan expectante espectador fuera de la sala durante la función.

El teatro no puede ser reducido a un mero espectáculo de entretenimiento ya que exige una actitud mental especial. Una actitud que debe ser cultivada con el ejercicio constante.

La gente no asiste a las salas de teatro por un problema cultural: No tenemos costumbre de hacerlo y además no entendemos la magnitud del evento.

No es un problema económico ni social, es netamente cultural. El dinero no es el problema ya que, según ESAN, los peruanos gastan más en entretenimiento que en educación, salud, transporte, cuidado personal o ahorro (ENCP 2015, Arellano Marketing).

El teatro será poco concurrido, o en el mejor de los casos, será una experiencia anual si no atacamos el problema de raíz.

¿Qué podemos hacer? Llevemos a nuestros hijos al teatro, a nuestros hermanos, primos y sobrinos. Enseñémosles que en el teatro no se come, que es un lugar libre de celulares. Con eso haremos mucho por el teatro, que a la larga, es por nosotros mismos.


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