El respetable

Por: Mauricio Rodriguez-Camargo  


El violinista en el Titanic

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Todo ámbito artístico, sobre todo el teatral, gira en torno a un gran olvidado: el público.

El espectador es el centro de la actividad artística. Ante la ausencia del público la magia del arte se desvanece y se convierte en cualquier otra cosa, un ensayo, un mero acto de repetición, o lo que fuere.

El arte desde siempre ha sido un lugar de contemplación, donde el ser humano utiliza un espacio y distintos medios para poder conmover al público, para mostrar la realidad, denunciarla y plasmar lo que quisiese que fuera. En esta comunión vemos claramente identificada la labor del artista en la sociedad, artista que es capaz de escapar de sí mismo y de brindarse en pleno al otro, en este caso, el espectador.

Últimamente veo con tristeza, que la vocación de servicio en las artes se va perdiendo. El artista se sirve del público para recibir aplausos y dinero, dejando de lado su verdadera labor que va de la mano con una entrega sincera y necesaria.

He descubierto, hasta ahora, que un artista puede encontrarse en dos niveles:

El primer nivel se limita a la mera expresión personal, a traslucir el maravilloso mundo interior, a hacer uso de las técnicas aprendidas para la exhibición de las mismas. Este primer nivel apunta a la estética más básica, la tangible, generalmente basada en la simetría, la armonía y el color. Ataca la percepción sensible del espectador, es por eso que lo atosiga con formas, luces y maneras para conmoverlo, asustarlo, emocionarlo y excitarlo por el simple hecho de hacerlo. No encuentra una finalidad más allá de su propia forma. Como un niño con un crayón. En este nivel, el artista encuentra su fin en sí mismo,  y se sirve del público, para exhibirse y coquetear con él.

Como diría el maestro Constantin Stanislavsky: “… Shakespeare no escribió “La Fierecilla Domada” para que una estudiante pueda mostrar al público su lindo pie, o flirtear con sus admiradores desde el escenario. Shakespeare tuvo en mente un fin diferente, al que usted estuvo ajena, y que por tanto no dio a conocer”.

El segundo nivel perfecciona el primer nivel y lo eleva. Utiliza todo el bagaje personal, toda expresión y técnica para ponerla al servicio del otro. Este segundo nivel apunta a la belleza, no solamente a esa que se encuentra en las formas, sino a la belleza verdadera, aquella que se encuentra en la verdad. Este segundo nivel apunta a la belleza que Plotinio describiría como: “… algo sensible al primer aspecto, que el alma reconoce como íntimo y simpático a su propia esencia que acoge y asimila”.

En este nivel se entiende el arte como un servicio público y solamente así la carrera artística es contempla como una vocación, necesaria y útil para todos.

Rompamos el mito de la súper estrella a la cual el espectador va a ver brillar.

El público no es un medio para alcanzar elogios, dinero ni aplausos, por el contrario, es el fin de todo nuestro quehacer artístico.

Si el arte es comprendido como una mera expresión personal, que no persigue ningún otro fin más que el elogio, estamos degradando al arte a su mera concepción de espectáculo, a un divertimiento vano y vago, el cuál podría ser reemplazado por cualquier otro.

El arte es un medio de humanización, el cual requiere dos personas a cada extremo. No podemos olvidar que tanto el artista como el espectador son seres humanos a los cuales no podemos instrumentalizar.

En un medio como el nuestro es imprescindible que el artista sepa cuál es su rol y su finalidad dentro del arte.

Es necesario educar al público. Tenemos la suerte/desgracia que existen personas en la ciudad que no han asistido nunca a un espectáculo cultural como lo son exposiciones de arte, obras de teatro o recitales. Es nuestra oportunidad de crear una cultura artística, reivindicando los roles tanto del artista como del espectador.

Tengamos en cuenta que el público peruano está acostumbrado a ser espectador de una pantalla y no de muestras en vivo. Por lo que al asistir a un recital o a una obra de teatro tiende a comportarse de la misma manera que en la que se comporta en la sala de su casa. Necesitamos educar al público desde nuestra figura de artistas.

La cultura del espectáculo en la que estamos inmersos nos ha hecho perder el norte como artistas y está maleducando a un público que nos necesita.

Devolvamos la luz al respetable.


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