El valor del matrimonio y de la familia

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Por Joan O´brien Perochena

El valor del matrimonio y de la familia

Quise escribir sobre el matrimonio y la familia, pero claro, ¿qué realmente puedo saber del primero si es que aún no lo tengo? y ¿a qué alcance de conocimiento sobre la familia puedo llegar si yo no he pasado por el esfuerzo de formarla y mantenerla? Pero lo que sí sé es que, siempre he imaginado formar una familia, construirla de la mejor manera posible para poder darles a mis hijos un hogar cálido en el que los veré crecer sanos y felices, porque mi anhelo es formar un matrimonio y una familia de manera responsable. Si bien nos podemos encontrar llamados a formar una alianza matrimonial y nuestra voluntad es esa, pero sin darle la importancia y el orden adecuado, sin entender realmente su naturaleza y fin, ¿podemos entregarnos con firmeza y coherencia a realizarlo?

En primer lugar el matrimonio católico va más allá de la unión sentimental entre el hombre y la mujer, es una generosa donación de la propia persona a otra, por toda la vida, con los deberes y los bienes establecidos por Dios,[1]como nos dijo San Agustín, estos son prole, fidelidad y sacramento. Es muy importante recordar lo anterior, porque el matrimonio que tiene por objeto la procreación y educación de los hijos, pero no de cualquier manera sino dentro de esta unión divina que los cobijará y por lo cual se los criará con benignidad y religiosamente[2], como respetuosos hijos de Dios. Tanto el matrimonio como la familia tienen un valor único como sustento de la estructura social, la familia es una verdadera sociedad jurídica y moral cimentada en el matrimonio[3]. Debe ser responsabilidad de todos mantener esta estructura unida y perpetuar su valor, luchando contra todo ataque que la perturbe, ya que esta, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura[4]. Ya que la Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, es deber absoluto de cada uno de nosotros protegerlos.

Al ser de tan apreciable valor, el matrimonio y la familia, lo recomendable es seguir un camino de preparación cuidadosa que nos lleve a ser hombres y mujeres, que puedan llegar a ser cada uno compañía para el otro y convirtiéndose juntos en padre y madre. Este recorrido moral estaría incompleto si no lo acompañáramos con las virtudes cardinales. Por ejemplo, si no somos prudentes, ¿cómo seremos capaces de criar a nuestros hijos con sabiduría y rectitud? Si no somos justos, ¿qué clase de personas criaremos incapaces de respetar la verdad y la propiedad de otros? Si no tenemos fortaleza, ¿cómo nos prepararemos para ser fieles a nuestro compañero de vida? Si no tenemos templanza, ¿cómo podremos ordenar nuestra vida en familia?

Por eso es tan importante prepararse para el matrimonio y la familia, ya que seremos responsables de educar a nuestros hijos, de darle a la humanidad una esperanza con hombres responsables, buenos y caritativos. Qué más grandioso que tener en tus manos la formación de un niño a quien dedicarás todo tu amor y brindarás la mejor formación posible, ¿qué mayor bien que dar héroes y santos a este mundo? No creo que haya mejor tarea que esta y no debemos llegar a ella desprevenidos, sino como hombres de bien que se han ido construyendo cada día para poder ser mejores y no solo para ellos mismo, sino para brindarles algo mejor a los demás.

[1] PIO PP. XI, CASTI CONNUBI, Roma 1930.

[2] S. Aug. De Gen. ad litt. 9, 7, 12., PIO PP. XI, CASTI CONNUBI, Roma 1930.

[3] ROBERTO DE MATTEI, Las revoluciones y la familia a lo largo de la historia, Adelante La Fe, enero de 2017.

[4] SAN JUAN PALO II, FAMILIARIS CONSORTIO, noviembre de 1981.


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