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El voto pro-vida secuestrado

Por Gabriel Hinojosa.


El voto pro-vida secuestrado

El otro día leí en Facebook a una persona que decía: “prefiero 10 narcoestados juntos antes que votar por PPK y su postura sobre la vida y la familia”. Y me dio escalofríos. En otra oportunidad escuche a alguien decir: “no importa que el Perú llegue a estar tan mal como Venezuela, mientras sea pro-vida”.

Ante estas cosas uno naturalmente se queda atónito y rascándose la cabeza. Son, ciertamente, afirmaciones temerarias y escenarios extremos (aunque son el sentir de personas reales y concretas), pero nos sirven para el ejercicio de pensamiento: ¿qué cosas estamos dispuestos a tolerar por (la promesa de) un gobierno (supuestamente) más favorable en temas de vida y familia?

En la primera vuelta, tanto Fujimori como Kuczynski tenían opiniones muy similares (“unión civil patrimonial; estoy a favor de la vida, pero con excepciones”), pero en la segunda vuelta Keiko, en medio de otros gestos populistas (para los policías, devolver el 24×24; para los barnechéveres, renegociar el gas; para empleados públicos mediocres, cambiar SERVIR, etc.), firmó un compromiso pro-vida y pro-familia, y de inmediato se metió al bolsillo el voto de muchos defensores de estas causas, entre católicos, evangélicos y otros ‘conservadores’ principalmente de la derecha. Muchos felices de tener otra razón para justificar su fujimorismo, pero muchos otros a regañadientes, entristecidos porque con un compromiso así, la libertad de escoger les fue arrebatada.

La doctrina de la Iglesia, y cualquier cristianismo sincero, cuenta a la defensa de la vida y la familia como los principios más importantes para la elección de autoridades, pero muchos parecen haber entendido esto como la exclusión de cualquier otro criterio de decisión. Bajo esta concepción, la única forma en que un católico/cristiano podría ejercer la democracia sería escoger al candidato autoproclamado pro-vida y rezar por que todo lo demás marche bien.

Luego, no importa qué tipo de gobierno azote el país. Lo más triste es que los extremos mencionados en la introducción no están muy lejos de la realidad venidera. Un símil con Venezuela puede ser improbable en cuanto a lo macroeconómico, pero, así como la dictadura de Chávez/Maduro, el fujimorismo es un gobierno al que le gusta enquistarse en el mandato, copar los poderes y controlar los medios. Ya piensan en el 2021 (si no es Keiko, es Kenji). Ya tienen el congreso (“nuestras leyes pasarán por un tubo!”) y se adjudican competencias del poder judicial (“Alberto Fujimori saldrá libre por la puerta grande!”). Ya manipulan encuestas (CPI?) y noticias (como el audio editado de Jesús Vásquez), y empiezan a aparecer ridículos diarios ayayeros y chichas.

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La idea de un narcoestado con una mafia operando a nuestras espaldas con nuestro dinero tampoco es en absoluto descabellada. Keiko no se cansa de recordarnos que ella es la candidata y no su padre, pero se adjudica los logros del pasado sin querer asumir los pasivos de la ‘mochila pesada’. El fujimorismo mantiene la gente de antaño con sus respectivas mañas. Todos los peruanos fuimos testigos del desfile de personajes comprados por la mafia de Montesinos, asesor de Alberto Fujimori, mientras aparecían infraganti ante nuestros ojos gracias a los vladivideos. Las recientes investigaciones nacionales e internacionales a Joaquín Ramírez, financista principal y secretario general del partido por lavado de activos y narcotráfico nos advierten de la vuelta a ese triste tiempo. Y un narcoestado no es para nada un mal menor. Trae muertes, corrupción en todos los niveles, destrucción del medio ambiente, trata de personas, etc. Busca reinar en las sombras, por lo que precisa de una población adormecida con medios cómplices y populismo.

Al entregar sin reservas el país a un gobierno con ese potencial, el mensaje que estaríamos enviando sería que nuestra complacencia y nuestro silencio tienen un precio: un gobierno conservador en lo moral; y estaremos prestos a dar nuestro voto y rendir pleitesía a cualquier gobierno por más corrupto, dictatorial o desastroso que sea, con tal que paguen el precio de nuestro olvido. Ese es un mensaje nefasto. El voto pro-vida y pro familia vivirá siempre secuestrado sin restricciones, porque no luchamos contra manipuladores que saben que teclas tocar.

Yo pienso que hay otras formas de luchar por la vida. Si Keiko honra sus convicciones, su enorme bancada podrá defender la vida y la familia cuando ésta se vea amenazada. El gobierno actual se ha buscado empujar una agenda anti-vida, pero no pudo hacer avances importantes, por una combinación de esfuerzos en el legislativo, la justicia y la sociedad civil. Tiene que haber otra salida. Como un católico que está en el mundo y tiene memoria, mi mente se revela a la noción de que mi posición política fue dictada antes de comenzar el partido. No firmemos un cheque en blanco con este voto en bloque. Demos el mensaje correcto.


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