Gobernar

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Por Roncuaz

Gobernar

Un marido engaña a su mujer. Una mujer engaña a su marido. Padres manipulan a sus hijos. Hijos olvidan a sus padres. Hombres violan y asesinan mujeres por considerarlas propiedad, objeto, cosa. Mujeres abandonan a sus recién nacidos o los matan en el vientre. Médicos lucran con el aborto. Familias se deshacen de sus ancianos. Postulantes evaden el examen de ingreso. Empresarios evaden impuestos. Alguien bota basura en la calle.

Periodistas se compran y venden. Grandes grupos económicos llenos de “grandes hombres que miran de arriba para abajo y por encima del hombro para que los demás se ubiquen”, negocian faenones, almuerzotes y bonos de éxito. Cierran el círculo: empresa privada, políticas públicas del ejecutivo, leyes del congreso que los ayudan, poder judicial que se duerme al escuchar ciertos nombres, todos silban y miran al techo. Hombres y mujeres con discursos bohemios se beatifican a sí mismos bendecidos por el canon de ideologías trasnochadas idóneas para una noche de juerga en la que se arregla el Perú jugando al “café francés” mientras se dedican a campañas de “ciudadanía” que ni rozan los graves problemas de educación y salud que peinan canas.

En todos los casos, en absolutamente todos los casos, nos domina la cultura del atrase, el chisme, el egoísmo y la envidia. Por eso hierve de gusanos este cadáver de país ¿Sorprende? Un poco sí, pero es sólo por falta de memoria de la historia y de la condición humana.

Destierra, hermano peruano, la idea de que el gobierno tiene que solucionar tus problemas. Es al revés, somos nosotros los que tenemos que solucionar los problemas del gobierno. Comenzando por el gobierno de nosotros mismos.

La única salida, la única resurrección es elevar la mirada al bien común, a la lealtad que viene de amarlo, ansiarlo, añorarlo, buscarlo y ponerlo en práctica comenzando por el metro cuadrado que me rodea, por el primer círculo de mi propia influencia. De esa práctica cotidiana puede venir una asociación limpia de intereses y basada en principios que pueda, para empezar, ponerle un dique a esta monstruosa nada que se come las esperanzas del país.

Comenzaremos por islotes de decencia y humildad: tal vez una junta de vecinos, un distrito pequeño, una provincia y así. Esquivaremos todo espíritu sectario, tendremos paciencia con todos y firmeza con nosotros mismos. Tendremos serenidad ante las críticas arteras y la infamia de los amigos infectados por la brutalidad que ha sembrado el pésimo circo y el pan venenoso con el que se han comprado las almas del pueblo más pobre.

Con cien personas limpias preparadas e inteligentes, gentes que vengan de puestos de gobierno sano (familia, empresa, profesión, educación, agro), sin importar el nivel de lo que gobernaron, debería alcanzar para comenzar. Tal vez no logremos nada que se note mucho, tal vez sólo quede en los más cercanos la estela de bondad que siempre deja una conciencia limpia y un compromiso verdadero dictado por el amor a la patria, que es amor a la familia, al barrio, a la provincia, al país.

Tal vez sólo quede el recuerdo de unos cuantos hombres y mujeres que creyeron que la única historia que vale la pena escribir con nuestra sangre es la que se le puede contar a un niño pequeño para hacerlo sonreír. Con eso debería bastar.


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