Gobiernos de lujos

Por: Gonzalo Banda Lazarte


Gobiernos de lujos

Hay cosas que pueden pasar desapercibidas gracias a nuestra peculiar manera de aceptar la realidad. El engaño es una de ellas, los mitos que decidimos creer porque algo es incuestionable. Así sucedió con el regreso a la democracia después del gobierno de Fujimori.

Los ciudadanos creíamos que esa capa de valores y virtudes republicanas que desterraron a Fujimori, iban a traer un periodo de reverdecimiento de los valores ciudadanos de los principios democráticos, y que iban a desterrar los casos de corrupción y de malversación insana de los recursos económicos.

Nada más lejos de la verdad. Cuatro gobiernos desde entonces: Toledo, García Humala y PPK, y cada uno de ellos con marcado por escándalos de corrupción, incluso con operadores políticos al interior del gobierno. El aura democrática trajo una cortina de humo, para encubrir las tropelías de gobiernos democráticamente elegidos.

Las instituciones que se recuperaron no tuvieron la verdadera capacidad de hacerle frente a las redes que penetraron: Orellana, Odebrecht, entre muchas otras, y se vinieron a convertir en testigos presenciales de fenómenos que explotaron en la cara de los gobernados. La democracia se recuperó pero no así las defensas contra la corrupción.  ¿Qué se hizo mal?

Muchas cosas, pero no estaría mal que empecemos por cuestionar que en el periodo de crecimiento económico nos preocupamos tanto ello, que olvidamos construir las bases sólidas de nuestro servicio civil y de los profesionales que trabajan para el Estado peruano. Dimos demasiadas herramientas de gestión, nos preocupamos del SNIP, de los TUPA, de las OPI, pero poco hicimos por realmente penetrar en los huesos de nuestros funcionarios públicos, construimos un mito del progreso sin sustancia, una tecnocracia insípida que guió nuestros pasos por conferencias internacionales, pero que jamás cuestionó sus principios formativos.

Después del escándalo de Chinchero, sería bueno que no volviéramos a emplear el calificativo “gobierno de lujo” para ninguno, cuando la persona cree que es humilde y buena, en ese momento, deja de serlo, lo mismo ocurre con la política, en el instante que el gobernante se cree inmaculado, sano y sagrado, en ese momento es donde más cae sobre él el peso de sus fragilidades.


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