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House of Cards y el pragmatismo diabólico

Por: Roncuaz.


House of Cards y el pragmatismo diabólico

Una de las características principales de la cultura anglosajona y especialmente norteamericana es el moralismo. Las razones históricas y filosóficas se remontan muy atrás pero básicamente se consolidan con el empirismo británico del siglo XVIII que vio en la moral un elemento esencial del gobierno en particular cuyos principios no deben desligarse jamás de la práctica política y someterse a ella. El calvinismo tiene también mucho que ver pero es largo de explicar. Otra historia, para otra ocasión.
Por ello, buena parte de su literatura y de su cine están llenos de fábulas con moraleja. Podríamos distinguir dos tipos: las que te enseñan por “edificación” y las que te enseñan por “antítesis”. Las primeras proponen positivamente un modelo a seguir. Las segundas, un modelo a evitar.
“House of cards” se inscribe claramente en esta  segunda lista. El hilo conductor de toda la serie es el pragmatismo absoluto, una característica diabólica por excelencia. Detrás de Underwood está el inmenso vacío que deja el poder cuando avanza hacia ninguna parte sin más razón que él mismo. Tanto él como su mujer terminan por ser esclavos de pasiones criminales disfrazadas de decencia y buen gusto. Todos los que, movidos por su conciencia, intentan salir del círculo de manipulaciones son rápidamente eliminados como insumos descartables una vez que han servido al propósito del poderoso.
Nada nuevo en realidad, pero puesto de forma descarnada y muy inteligente. Uno aprende, efectivamente, que el poder absoluto corrompe absolutamente. Y claro, como muchas cosas de la política, la serie huele a Nietzsche, es decir, a animales salvajes y cadenas alimenticias. A mí me quedó esta moraleja: no quiero ningún poder más que el que me da el amor.
Sé muy bien que Underwood se burlaría de mí diciéndome que trate de gobernar con amor y terminaré como él, con las manos llenas de sangre.

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