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La AQP que se va, la AQP que ya está aquí

Por: Francisco J. Málaga

La AQP que se va, la AQP que ya está aquí

Las autoridades en el mes de aniversario despliegan un sin número de actividades de danza, música y otras manifestaciones tradicionalmente arequipeñas; sin embargo en la ciudad y sus valles son otros los usos y costumbres dominantes, en el siguiente escrito intentaré demostrar a qué se debe esto y porqué considero irreversible el proceso, a pesar de los cientos de soles y personas trabajando en dichos eventos arequipeñistas.

1. Cultura e identidad

¿Qué condiciones y características de forma única o diferencial compartieron los arequipeños desde los inicios de la ciudad?, esta pregunta es importante si aceptamos que serían estas condiciones y características las que coadyuvaron y permitieron la formación de la cultura arequipeña, cultura que en palabras de Durkheim y Huntington está formada por los valores, ideales, cualidades intelectuales, artísticas y morales, que otorgan a un grupo humano una conciencia o psicología colectiva diferenciada, y por ello una identidad.

A seguir no busco describir o caracterizar a la tradicional y/o mítica cultura arequipeña que todos conocemos o intuímos –de no conocerla podemos leer el libro Meditaciones Arequipeñas entre muchos otros textos-, pero enumerar las más importantes condiciones y características que la generaron y de cómo la desaparición y profundos cambios en estas hacen imposible mantener la cultura e identidad tradicional arequipeña, hoy.

1.1 Pobreza de recursos materiales, una sociedad de pares.

En Arequipa no existían grandes terratenientes ni numerosas servidumbres humanas, ¿por qué? La respuesta sería primero la poca tierra fértil del valle y la intendencia, además de los escasos recursos hídricos con que se contaba; la segunda y complementaria habría sido que en el valle no existían indios en demasía para ser repartidos en servidumbres –institución contra la que combatirá el monarca y que consistía en una fuente de riqueza para los españoles de otras zonas-, según los datos censales, a diferencia de Charcas, Cusco e incluso Lima, en Arequipa no había aquella disponibilidad de tierra, agua, indios o negros. Algo realmente trágico en una sociedad básicamente agrícola de aquel entonces. Dichas condiciones configuraron una comunidad -luego sociedad- de medianos y pequeños propietarios que en gran mayoría trabajaron de forma directa la tierra; tal como señala Eusebio Quiroz Paz Soldán, la Arequipa clásica presentaba alta homogeneidad, por lo que se pudo formar en este valle lo que Basadre denominó: “caudillo colectivo”, definición que guarda mucha semejanza a la definición de cultura de Sprengler y Durkheim: Conciencia colectiva y Psicología colectiva; las cuales son ingredientes esenciales para la formación de la identidad. Podemos entender por qué el mismo Basadre mencionase que Arequipa era la ciudad representativa de la república, quizá porque en ella halló la realidad que mejor encarnaba esa igualdad y democracia que señalaba el autor, y es que en un Perú profundamente dividido social y económicamente, en donde eran comunes los grandes terratenientes y la masiva mano de obra indígena y negra, encontró una sociedad fundada en pares, que curiosamente nada tuvo que ver con un origen republicano.

2. Homogeneidad social, blanca – mestiza ciudad

Patricio Ricketts en su libro “Arequipa”, refiere que el censo 1791 por Francisco Gil de Taboada y Lemos da al Perú una población estimada de 1, 300,000 habitantes, con una población india de 56.53%, los blancos representaban aproximadamente el 12.65%; en la ciudad de Arequipa la proporción es inversa, 60.14% y 15.71% respectivamente.

El Censo 1850, 1876  y el Diccionario Geográfico Estadístico del Perú de 1877; concuerdan con los datos del libro de Ricketts, haciendo sumas y restas se puede concluir que la provincia de Arequipa contaba con 53.970 habitantes, la ciudad sumando distritos como Cayma y Yanahuara contaba con 27.238 y la ciudad por si sola 21.700 personas, indicando que el departamento de Arequipa demográficamente hablando era lo que fue la intendencia, y que la ciudad seguía siendo la comunidad casi familiar donde todos se conocían y los hogares continuaban formándose en rígida endogamia, en el XIX se mantenía la estructura demográfica y social del XVIII.

Ventura Travada escribiera a mediados del XVII: “(…) todos los demás son españoles, muchos de ellos de conocida nobleza, porque esta ciudad es de las que sobresalen en el reino de gente española (…)”.

Zamácola en 1804: “En Arequipa se habla solo la lengua castellana (…) Encierra la ciudad de Arequipa, con los 8 pueblos que le rodean, de 50 a 60.000 almas, más que menos. Los 40.000 españoles y los restantes indios muy civilizados, como que es único obispado sin indios por civilizar (…)”

Simón Bolívar en una carta en 1826: “Arequipa está llena de godos y de egoístas: aseguro a Vd. que con toda prevención favorable que les tenía, no me han gustado. Es el pueblo que menos ha sufrido por la patria y el que menos la quiere”.

“La ciudad era blanca en una nación mayoritariamente indígena”, y “Este hecho es decisivo para la comprensión de la conducta de Arequipa en los siglos XVIII Y XIX, en todos los aspectos: económico, cultural y social. Como es obvio, dio lugar a la temprana toma de conciencia –honda visión de patria y destino- en torno al sentido de tal originalidad” expone Ricketts.

Considerar a estos censos y citas como racistas es un error clásico de anacronismo, y la negación de esta singularidad en el Perú y en especial dentro del sur peruano serían una imperdonable medida progresista; aunque la cultura no depende de la raza o razas, es innegable que esta o estas contribuyeron decididamente a la formación de una cultura o identidad dada, puesto que el origen fundacional de la urbe se sabe que fue realizado por un grupo racial – cultural identificado, grupo que según censos y memorias parece haber mantenido su singularidad por siglos, y por ello, influido en la cultura e identidad de la Arequipa clásica.

3. Católica

Ciudad católica y de moral conservadora -cuanto menos en las formas. Lo cierto es que el número de iglesias, conventos y de hombres y mujeres de iglesia en Arequipa era notablemente superior al resto del estado, su afán evangelizador y  conservador de aquella tradición es sin duda otro pilar de aquella identidad, vale decir que el catolicismo Arequipeño y sus prácticas fue muy diferente al del resto de la sierra y el Perú en general, se caracterizaba por pegarse a la doctrina oficial del rito católico y no a un marcado sincretismo con otras culturas, lo que no tiene nada que ver con lo arquitectónico, que es forma o manifestación, y no doctrina o rito.

4. Fidelísima

La ciudad también basaba su identidad en ser reconocida ante la dinastía, patente de ello es que la ciudad buscó como cuestión prioritaria que se le otorgase escudo de armas y documentos oficiales que la reconocieran como ciudad de importancia por la corona; no son poco referenciales los esfuerzos de la ciudad que le valieron ser declarada de forma oficial como «Muy Noble y Muy Leal», título otorgado por esfuerzos como enviar caudales para una expedición contra Buenos Aires -bastión independentista-, formación de una columna frente a Túpac Amaru –rebelde-, la ruptura del cerco indio de La Paz durante aquella rebelión, celebración esplendida de la coronación de Carlos IV, participación en la victoria de Guaqui -batalla donde se detuvo el ejército libertador Argentino, que luego declararía la independencia del Perú-, heroísmos ante Pumacahua -rebelde del virreinato-, la asistencia a 3 regimientos llegados de España para el Alto Perú y contribuciones económicas próximas a los 120,000 pesos, transferidos desde 1816 desde la tesorería provincial. Finalmente, este fidelismo a la dinastía acabó con la instauración de la República, pero los cambios sociales son mucho más lentos que los políticos, por lo que esta característica cultural se adaptó al nuevo contexto y es factible considerar que se convirtió en la base de las revoluciones en la temprana república, como se desarrollará en el siguiente punto.

5. Respeto a sus fueros y autonomía

Más de 11 revoluciones -14 anotan algunos, la inmensa mayoría de ellas en la temprana república- , alguna de ellas requirió ser aplacada con por medio de una guerra civil y un sitio de 8 meses a la ciudad –el sitio más largo de la historia del Perú-, estos hechos alguna/s explicación/es deben tener. Consideremos que el régimen virreinal fue bastante más respetuoso de los cabildos y la autonomía local de lo que fue y es la república; sin embargo, desde su fundación la villa procuró ser declarada ciudad, para ganar fama y respeto por la corona y sus pares, podemos ir más allá en este afán de buen trato y búsqueda de respeto con lo que dijera Ricardo Palma sobre el escudo que el rey otorgó a la ciudad:

“Nada entendido en heráldica el demócrata que esto escribe, atiénese a la explicación que sobre tal alegoría da un cronista. Dice que la inscripción de la bandera expresa la posesión que el rey tomó de Arequipa y que al colocar aquélla, no bajo los pies, sino en la mano del grifo, quiso el monarca manifestar su aprecio por la ciudad, no pisándola como a vasalla, sino dándole la mano como a favorecida. Si hay quien lo explique mejor, que levante el dedo.”

No sé si sea verdadero o falsa la interpretación que diera Palma. Pero si los arequipeños pensaron de aquella forma, se puede entender la conciencia o creencia de aquellos hombres de su natural derecho a ser bien tratados y respetados tanto en el virreinato como en la república, puesto que si un emperador les trataba de aquella manera, no esperarían trato diferente de un presidente  o de un militar golpista.

Ese sentimiento de orgullo y derecho ganado son lo que habría generado esa casi perpetua batalla con las autoridades estatales desde el inicio de la república hasta 1950 –o antes-. Creo válido creer ello, puesto que la aun joven república aceleró de forma desmedida la centralización del Perú, lo que AQP rechazaba, puesto que toda centralización configura y subordina al resto de ciudades a calidad de periferia/provincias, y para lograr ello debe imponerles condiciones y directivas muchas veces contra su voluntad y anulando prerrogativas existentes; estas medidas habrían despertado el orgullo e indignación arequipeña, porque si uno busca otra común causa a esas más de 10 revoluciones, rebeliones, batallas y sitios, dudo que las encuentre, ya que unas defendían la constitución, otras buscaban su derogación, unas buscaban la secesión del Perú y alguna posterior procuraba los intereses de este…una locura. Estimo que en estas revoluciones y gestas la ciudad defendía sus intereses, puntos de vista y modo de vida, los que sentían amenazados por Lima –por su burguesía para ser precisos-, y si se llegó a derramar tanta sangre, fue sin duda porque la ciudad se tomaba a sí misma como merecedora de un trato respetuoso a pesar de su pequeñez real, quizá por ello se enorgullecía de tener los mejores regimientos y de realizar toda suerte de grandes esfuerzos colectivos.

Conclusiones sobre las características que configuraron la identidad arequipeña

Tierra pobre, escaza y aislada; agua limitada; población predominante blanca e integrada; apego al rito católico occidental, fidelismo y búsqueda de respeto a sus fueros, autonomía y búsqueda de grandeza a pesar de su modesto tamaño y recursos; tales fueron los elementos que formarían los ideales de: conciencia, visión de patria y destino de Arequipa.

Si alguna, varias o todas estas características varían, la identidad pasada –de la AQP clásica-  no podría sostenerse, y más bien habría que lanzarse a la búsqueda de una nueva que sea compatible con las nuevas características, valores y realidad de la ciudad y sus valles. Ese análisis será parte de un posterior artículo, pero podemos esbozar lo siguiente:

La ciudad no se siente más pobre en recursos pues no basa más su riqueza en la productividad agrícola de su tierra pero en las actividades terciarias y la gran minería, la población ahora es también bastante homogénea, pero indígena – mestiza; el apego al rito católico ha disminuido especialmente en sus clases altas y dirigentes –lo que maximiza el desapego a pesar de su baja importancia porcentual-, además del aumento de la religiosidad sincrética en sus nuevas clases populares-, imposibilidad del fidelismo y una notable disminución en la defensa de sus fueros y autonomía que se manifiesta en su actual casi absoluta y aceptada dependencia de Lima, de lo que se deriva el olvido de ese auto mandato por acciones que logren equilibrar su pequeñez real y “demostrar” su importancia para hacer valer sus intereses. Concordaremos que cocinar el rocoto relleno más grande mundo es una burla a aquel mandato.

Si esto es correcto o al menos parcialmente correcto, podemos decir que la cultura e identidad arequipeña que regía la ciudad hasta aproximadamente la mitad del siglo anterior – o antes- no podrá ser la de la Arequipa de hoy, y aún menos la de la Arequipa del mañana, lo que nos deja hoy una ciudad con cultura e identidad en crisis. Por otro lado, la ciudad nunca fue tan peruana, por allí puede venir la respuesta de la nueva identidad en proceso de formación. Y claro, no importa cuántas actividades se realicen en agosto, la cultura e identidad que celebran está desapareciendo y desaparecerá en las prácticas mayoritarias, o bien serán modificadas hasta convertirse en otras; pero sin duda quedarán en los libros de historia, que no es poco.

 

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