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La pérdida de la memoria I (Presentación)

Por: César Félix Sánchez Martínez.


La pérdida de la memoria I (Presentación)

Decía Ernst Jünger que el grado de civilización de una sociedad se mide por el cuidado con el que guardaba sus cementerios. Evidentemente, este criterio está bastante alejado de cualquier estadística de PBI, de cualquier índice GINI de desigualdad o de cualquier prueba PISA, si nos atrevemos a llegar al máximo grado de espiritualidad al que pueden llegar los periodistas de la tele.

Porque nos hemos vuelto un país de extraños, de “soberanos del instante” en palabras de Víctor Andrés Belaunde, de nacidos ayer. Las gentes todavía se reúnen en las plazas, que no son ágoras ni foros ni plazas de armas, sino MegaPlazas y RealPlazas.

¡Real Plaza! ¡Qué palabrita! No es una plaza in actu exercito, una plaza plenamente real, sino por el contrario una plaza pletórica de las ilusiones estructurales del mundo contemporáneo: el consumo como identidad y plenitud y el blockbuster hollywoodense como panem nostrum quotidianum, que nos entumece y distorsiona. ¡Real Plaza! Nombre que nos remite al Real Felipe o a la Real Academia, pero tampoco… Si bien hay en el Real Plaza un Pollo Real –que, por razones de sofisticación no lleva en la puerta ni en ninguna otra parte, como en sus otros locales, alguna efigie medianamente clara de su hermoso y evocador Pollo Rey, coronado y vestido de púrpura y armiño-, todo allí huele a democracia. A la democracia de un Locke Lorcho, eso sí, pero democracia al fin y al cabo; régimen semejante, como diría Platón por boca de Sócrates, a un manto polícromo, que solo atrae a las mujeres y a los niños (República, VIII). Creo que podemos aventurar en este punto una conclusión: el Real Plaza no es real. Ni tampoco plaza.

Pero no es a eso a lo que apunta este artículo, el primero de una serie. Queremos recordar. Recordar que, mediante una serie de actos concretos en los espacios públicos cometidos por autoridades, delincuentes o vecinos, se nos está privando a los arequipeños de nuestra memoria. André Malraux hablaba de un museo de ausencias, es decir, de un espacio que exhibía aquello que no existía más. Aquello que solo puede percibirse, podríamos decir, ya no en sí sino en la medida en que su ausencia perturbe a presencias determinadas (o incluso a otras ausencias). ¿Seremos, dentro de poco, una ciudad patrimonio de meras ausencias?

Hablamos al inicio de los cementerios. No voy desde hace tiempo a La Apacheta, donde descansan algunos de mis ancestros (los otros, los más antiguos, vivieron en tiempos más afortunados y descansan en ignotas iglesias y conventos). Pero no es un descanso eterno –y no me refiero al dogma de la Resurrección– sino a la jocundidad de la Beneficencia, que ahora considera que el RIP tiene fecha de expiración y desaloja, como si estuviéramos en el Cerro Lomo de Corvina, a esos indefensos y antiguos invasores, si es que nadie los reclama. Me dicen que, si incluso alguien reclama al difunto, doblemente expirado, se lo entregan en un práctico envase, apropiadamente comprimido, para ser puesto en el osario o donde mejor le convenga al cliente. No puedo imaginar nada más impío. No lo puedo imaginar porque ya he visto en el cementerio con mis propios ojos impiedades peores, pero quizá menos graves por no ser cometidas oficialmente por las autoridades: recuerdo haber atisbado hace más de diez años, a través de la reja de un viejo y bello mausoleo de inicios del siglo XX, lamentablemente descuidado, un sarcófago entreabierto, ya sin el cadáver y con una muñeca Barbie adentro.

Según la idea de Jünger, ¿qué clase de sociedad seríamos entonces?


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