La tinta del Coronel. Acto I

Por: Mauricio Rodríguez-Camargo  


La tinta del Coronel. Acto I

Doña Luz y doña Cecilia, sentadas, hablando. Una más dramática y cucufata que la otra, por donde uno empiece a contar.

LUZ: Y así fue: Cuando Ramiro, que era coronel, llegó a su nuevo puesto en la selva, se encontró con muchos monos.

CECILIA: ¿Monos comadre?

LUZ: Monos comadre, de esos que trepan árboles, que comen frutas, hacen sonidos raros y están cubiertos de pelo.

CECILIA: Acaba de describir a mi primer pretendiente comadre.

(Ambas ríen.)

LUZ: Y al ver tanto mono dijo: !A la …!

CECILIA: ¡Jesús!

LUZ: Ramiro comadre, se llamaba Ramiro, no Jesús. Él siempre fue así de expresivo, aquí, allá, nunca se guardaba nada.

CECILIA: Supongo que allá en la selva tampoco se guardó nada.

LUZ: Exactamente, mi Ramiro, coronel de la segunda infantería, destacado en la selva, rodeado de monos, monos y árboles, árboles verdes, llenos de monos, con sus zapatos de charol brillantes, educado, nunca se guardaba nada… Por eso a los dos años ya tenía un par de hijos.

CECILIA: ¡Caramba, caramba!

LUZ: Caramba no había comadre, lo que sí había eran selváticas.

CECILIA: ¿De esas que salen en los reportajes, todas ellas exuberantes?

LUZ: Así me las describía en las cartas. Ya me decía yo que algo andaba mal en todo eso. Una línea para saludarme, dos caras para describirme a las lugareñas y una línea final para despedirse.

CECILIA: ¿Así tan deprisa?

LUZ: Siempre fue así, era parte de su encanto comadre.

CECILIA: ¿Dos hijos comadre?

LUZ: Dos hijos comadre.

CECILIA: Que buena puntería la del coronel.

LUZ: De las mejores de su brigada. Al principio escribía una vez por día, luego una vez por semana, y al final una vez al año.

CECILIA: Así es el amor comadre. Como tinta que se disuelve en el agua.

LUZ: Lo último que leí de él fue su obituario en el diario.

AMBAS: Que en paz descanse y que de Dios goce.

CECILIA: Era un buen hombre.

LUZ: Sus cartas comadre, sus cartas eran hermosas. Tenía un don para las letras.

CECILIA: Me lo puedo imaginar.

LUZ: Lo conocí cuando era todavía un soldadito, todo bello con su uniforme.

CECILIA: Su uniforme color verde.

LUZ: Salía los domingos y los domingos solamente. Una tarde caminaba yo por el centro comprando chucerías…

CECILIA: No ha cambiado comadre.

LUZ: Y de pronto un grupo de guapos soldaditos cruzan la calle, una debe ponerse como que no mira la cuestión.

CECILIA: Dignas comadre, siempre dignas.

LUZ: Se me acercó, me extendió la mano… Yo me hice la distraída.

CECILIA: Una para ser una dama debe saber actuar las cuatro “Cs” de la elegancia.

LUZ: Cautela.

CECILIA: Carisma.

LUZ: Cordura.

CECILIA: Cinismo.

LUZ: Exactamente comadre.

CECILIA: Dignas comadre, dignísimas.

LUZ: Cuando al fin entablamos conversación, me pidió permiso para escribirme catas, y ahí empezó todo.

CECILIA: Era un eximio escritor.

LUZ: Con una caligrafía excepcional.

CECILIA: Para entenderlas había que tener un diccionario a la mano.

LUZ: Siempre fue muy culto.

CECILIA: Aún recuerdo la primera carta.

LUZ: “En una lúgubre ventana, desde éste mi cláustrico recinto, escribo para ti: mi amada.” Punto seguido. “Estas letras sin sentido son un anhelo de esperanza que se desliza por un blancuzco trozo de papel hacia el hondo mar de tus pupilas divinas.”

CECILIA: Exactamente así.

LUZ: Era todo un galán.

CECILIA: Lo era, lo era.


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