La verdadera crisis

Por: Diego Andrés Cáceres Cárdenas 

La verdadera crisis

Hay un momento que nos regala la vida, en donde uno tiene que hacer una retroalimentación, un tiempo donde de manera objetiva y justa podemos analizar si estamos en el camino correcto o no. A veces no es necesario llegar a una crisis o “tocar fondo” pero seamos sinceros, los grandes cambios llegan en tiempos donde la situación ya no es sostenible. Hay momentos donde la afinidad política no es importante, y en la situación que atraviesa el país, las simpatías (o antipatías) políticas no suman.  Lo que sucede en nuestra política es algo profundamente triste y vergonzoso, al parecer las viejas costumbres de la política peruana no se dejan,  por lo contrario, se perfeccionan con el tiempo y esto se ve claramente reflejado en la encarcelación de dos ex presidentes y a otros con altas posibilidades de hacerles compañía. Esto solo demuestra la profunda crisis de valores que el Perú atraviesa.

La pérdida constante de los valores a lo largo del tiempo nos llevó a esta situación, es triste pero es así. Nuestro país más que vivir una crisis política, vive algo más profundo que transciende en todo ámbito, y esa es la crisis de valores que ha crecido y perdurado en el tiempo. Y no hay receta mágica para poder cambiar esto, es mucho más fácil luchar contra una crisis económica.

La raíz del problema está en que el núcleo, ese lugar de donde se enseñan los valores, cada vez tiene menos importancia y con el pasar de los años su fragmentación crece. La familia, el pilar de la sociedad, está enferma. En la familia se inculcan  valores, principios y virtudes para que estas luego se puedan plasmar en nuestros actos y en la relación con los demás. Por lo general, los hijos absorben los valores con los cuales se criaron y así adquieren modelos de comportamiento para su vida en sociedad, es simple y fácil de entender: si hay familias enfermas, hay sociedades enfermas.

Y estos efectos los vemos no solo en la política, sino también en el sector público, privado, en las nuevas ideologías y sobre todo en las calles; donde la violencia y la inseguridad ya se hicieron común entre nosotros y lo vemos como algo tolerable. Solo hay que hacer un breve análisis de nuestra realidad para darnos cuenta de esto. No es para nadie un secreto que en muchas familias la madre (o padre) cumple dos funciones, que muchas veces la figuras de los padres solo es la del proveedor más no la del formador, que las violaciones dentro de la familia se tapan por el miedo al qué dirán y que el machismo y la poca valoración hacia la mujer es algo generalizado en algunos sectores.

El trabajo que cada uno debe hacer es mayor, el cambio está en cada uno y no lo digo de una manera hueca de superación personal, debemos de entender y meternos en la cabeza que si queremos cambiar lo externo, primero debemos cambiar lo interno.  Paralelamente, se debe cuidar y proteger a la familia (cualquiera que sea el tipo), no perder el vínculo entre cada miembro de esta, y todo debe estar dentro de un marco de valores y principios.

Cada uno de nosotros nos merecemos un mejor país donde vivir, un mejor país para cada uno de nuestros seres queridos, un país en donde nuestros hijos puedan caminar de la manera más tranquila y segura, un país donde te sientas orgulloso al ser parte de este y no estar quejándote porque las cosas no son como tu deseas. Si queremos algo mejor para nosotros debemos dejar de actuar de manera pasiva y “agarrar el toro por las astas” y empezar a ser ese cambio que tanto anhelamos, pero actuando dentro de los los valores de libertad, justicia, responsabilidad y verdad.

La tarea sin duda es ardua, y como ya sabemos, el hombre es un ser imperfecto y finito; para realizar tal labor es necesario que tanto las personas como las familias, se sostengan en algo superior, en algo eterno y duradero, en una verdad absoluta; donde los valores como la justicia, el respeto, la equidad, la libertad, entre otros valore, no caigan en un absurdo relativismo. Si esto no sucede, los esfuerzos para cambiar serían, siendo optimistas, temporales pero con el pasar del tiempo indudablemente regresaríamos y volveríamos a caer y se convertiría en un círculo vicioso.


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