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La verdadera hora de la democracia

Por César Félix Sánchez Martínez


 

La verdadera hora de la democracia

El domingo pasado fue memorable, entre otras circunstancias, porque demostró, una vez más, la inmensa «ilusión estructural» de ciertos sectores opinadores progresistas, básicamente limeños.

La Marcha Antikeiko del 5 de abril, presentada como un rechazo unánime del país a una persona y a una tendencia política y casi como un deber cívico, fue la obertura de una ópera que culminó con un aria inesperada: el mayor triunfo del fujimorismo desde los tiempos releccionistas.

Al igual que con asuntos como el llamado «matrimonio igualitario» o la legalización del aborto, estos sectores siempre caen en la ilusión estructural de creer que aquello que es repudiado en su red social representa la voluntad mayoritaria  de la gente.

La democracia se originó cuando se llegó a la constatación, en determinadas circunstancias, que el rival, el enemigo odiado y combatido, no podía ser destruido. De ahí que, como una forma de prolongar este conflicto pero de formas pacíficas, se establecían consensos institucionales fundamentales, se purgaba a los radicales de ambos sectores, y se procedía a «combatir» en el parlamento y en las elecciones.

Resulta bastante curioso que por el amor a la democracia se pretenda precisamente realizar una suerte de monocracia, donde todos los «diversos» sean los diversos que me gustan a mí y nadie más. Porque la «diversidad» para muchos progresistas es más monocorde que el uniforme único velasquista: solo tolero a los que quiero. Solo son «diversos» los que se parecen a mí.

Lo que queda es simplemente, por más abominable que nos parezca Keiko, reconocer que se ha convertido, por múltiples razones, en la líder de un muy cohesionado partido, que es el primero y más fuerte del Perú. Sospecho que, en el futuro, si es que la izquierda aprende a ser menos adicta a sus efusiones emocionales y delirios de sentimentalismo utópico, logrará tolerar esta realidad, sin necesidad de rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos, y buscará la mejor forma de concretar su programa político y social mínimo en colaboración con quien se pueda (si es que todavía tienen un programa de esas características y no simplemente una bucket list de buenos deseos y utopías oenegistas). Lo hizo Largo Caballero durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Lo hicieron Bebel y Lasalle con Bismarck. Lo aprendió, a cuesta de duros sufrimientos, Víctor Raúl Haya de la Torre.


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