Mi amigo el presidente

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Por: Gabriel Hinojosa.


Mi amigo el presidente

Luego de ver el debate presidencial entre Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori se ha venido diciendo que la candidata de Fuerza Popular habría sido una ‘clara vencedora’ del debate. El líder de Peruanos Por el Kambio se habría dedicado mucho a presentar sus propuestas mientras apenas se defendía de los ataques -muchas veces infundados- de la ciertamente más canchera Fujimori.

Más allá de hablar de ganadores o perdedores en el debate, ya sea que por victoria entendamos una incesante ráfaga de pullas que mezclan la verdad y la mentira hasta dejar destruido al adversario (y sí que Keiko no defraudó es este aspecto), o más bien la entendamos en la medida en que se expusieron las soluciones planteadas para el problema llamado Perú (y en este punto quizá PPK creía estar debatiendo en el Perú de su visión de futuro, y no en su lamentable estado actual), quiero abordar otro aspecto que quedó patente el domingo, y es el tema de la personalidad de los contrincantes, con plena consciencia de que estoy entrando de lleno a terreno altamente subjetivo.

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Un comediante americano dijo en relación a las elecciones (nuestros amigos electores del país del norte tampoco la tienen nada fácil) que deberíamos votar por alguien con quien no tendríamos problema en ser amigos (vote for someone you’d have no problem hanging out with). A la mayoría de nosotros no nos gustaría pasar el rato con alguien a quien consideramos un patán. Preferimos juntarnos con gente amable, cortés, incluso admirable. Nos solemos identificar con quienes nos rodean, y siempre será mejor que sean buenas personas.

 
Es imposible conocer realmente el corazón de las personas, pero podemos hablar de lo que percibimos; y el domingo vimos a una Keiko jactanciosa y soberbia. Con una sonrisa maliciosa y unos ojos inyectados de desdén. Vociferando como si no tuviera micrófono, como si el volumen confiriera veracidad. Sin problemas en soltar varias imprecisiones (cuando no mentiras intencionadas), atacando con vehemencia a un oponente, ciertamente menos gallito. Alguien capaz de mostrar su mejor rostro a los incautos, y de verter veneno cuando sus planes lo ameriten. Uno piensa en este tipo de personas; las hemos visto en el colegio y en la oficina. Alguien que puede ser popular y poderoso, pero que pocos aguantan en el fondo. Alguien a quien le puedes sonreír para evitar problemas, pero con quien no quisieras almorzar y menos invitarías a tu casa.

De otro lado tenemos a un PPK que también deja qué desear; en comparación a la enérgica ofensiva de Fujimori, lo vimos a la defensiva y a otro ritmo, como si en efecto jugara otro partido; un partido mejor, diría yo. Desaprovechó la oportunidad de atacar a una Keiko con más flancos débiles aparentes. Esto también nos pinta un poco de su propia personalidad. Un técnico que viene a enseñar de su tema. Alguien que no se siente a gusto atacando; que viene a hablar de ideas. Lo hemos visto en todo este tiempo y parece un tipo que genuinamente quiere hacer algo por su país. Muchos de nosotros queremos llegar a su edad retirados, descansando y rodeados de nietos; él ha vivido dos extenuantes campañas presidenciales después de los 70 años – no es raro verlo cansado y pausado. En última instancia, es alguien que cae bien. No creo que sea difícil ser amigo de alguien con ese sentido del deber, además de tratarse de alguien aparentemente divertido. No adolece de exabruptos, como cualquier persona de edad, después de todo, no son pocas las veces que he escuchado a personas decir que lo quisieran como abuelo.

En fin, todo esto no deja de ser una simple opinión de alguien con sus preferencias definidas, pero creo que vale la pena recordar que los candidatos y los presidentes son personas y que hay personas que sacan lo mejor de nosotros que llamamos ‘amigos’. Que no todas las personas son dignas de nuestra confianza, y que un país es algo muy valioso como para confiárselo a cualquiera. Vale la pena preguntarse con qué candidato pasaríamos un buen rato en un almuerzo; a qué candidato le abriríamos la puerta de nuestra casa.


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