Nido vacío

Por: Roncuaz


Nido vacío

Todo se ha quedado en álbum. Allí están las primeras fotos en ese tamaño de revelado que ya no existe. Fotos en Ticlio junto al letrero de la altura, en la playa, en la casa de los abuelos. Apareces con la camisa a cuadros que se usaba en esa época. Tus lentes dan risa. Tus patillas también. No tenías esa panza. Tu pelo era negro. El primero de tus pequeños sonríe. Igualito a ti. Tú tienes pinta de Joe Danova o Nino Bravo en Ancón. Usas corbata en pleno sol. Tu mujer se parece (o intenta) parecerse a Regina Alcóver o Angélica María. Hasta Verónica Castro podría ser ¿no? “aprendí a llorar… por que tú no sabías amar”. En ese peinado se podía guardar el maletín del bebe.

Te da risa pero nadie te oye. El eco de tu voz rebota por la sala vacía de esta casa que tanto te esforzarte en construir. Ya no se usa ese enchapado. Ya las ventanas no llevan ese aluminio. Ya las lajas de tu piso son una cholada. Y esos cuadros de flores al óleo, que horror. El paisaje de selvático con “chunchos” en canoa. Estabas cerca de poner un buda de adorno, te diría tu hija arquitecta pero te quiere demasiado. Es vieja y chola, pero es tu casa, y nadie sabe, en ese piso y en ese enchapado se han grabado las risas de tus hijos. Ese parquet de chonta soportó barro, chicle, tachuelas.

Aquí te escucharon renegar por ponerse tus medias y luego pedirles disculpas porque no era para tanto. Aquí pusiste hirudoid a innumerables moretones, aquí jugaste monopolio o casinos, aquí en esta alfombra pasada de moda boxeaste arrodillado contra esos niños que sólo así eran de tu tamaño. Aquí se abrieron regalos y se llenó todo de papeles. Contra ese portón se tiraron innumerables pelotazos, esos vitrovenes se rompieron tanto que al final se quedaron así. Y dijiste qué importa, ventilación.

Ese jardín se llenó de caca de perro. Ese parque vio los primeros pasos, las carreras, los miedos, las bicicletas, los primeros puchos de esos hijos tuyos que hoy son unos señores.

Hoy no quieres este silencio, hoy darías un brazo por volver a angustiarte por una mala nota en la libreta, por el acné, por el quinceañero, por la caída de la que sólo tú podías consolar. Y el asunto es paradójico como la vida misma: te duele de alma esta casa vacía pero te alegra infinitamente que esos idiotas no te necesiten, que por fin hayan aprendido a vivir.

Y te secas una tonta lágrima de viejo para ver lo que te toca ahora: lo de los nietos, lo de los almuerzos, lo de esa soledad dulce en la que atardece tu vida. Tiempo de agradecer, tiempo de prepararse, tiempo de querer a tu mujer como nunca lo hiciste. Por que en ti, poco a poco, la bondad ha ido supliendo al capricho. Y no lo dudes: de estas últimas fidelidades está hecha la felicidad eterna.


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