¡Oh Hamlet, mi Hamblet!

Por: Mauricio Rodríguez-Camargo


¡Oh Hamlet, mi Hamblet!

Siete alumnas de primero de secundaria de un magnífico taller de teatro se enfrentaron a la titánica tarea de llevar una obra a escena. El primer paso era, obviamente, escoger la obra a escenificar. ¿Cuál podría ser? Curiosamente ese mismo año (2016) se conmemoraban los cuatrocientos años de defunción de William Shakespeare, inglés sobre el cuál su profesor de teatro había hablado en demasía, alguien que aparentemente era muy lejano para ellas, con obras complicadas de montar, llevadas a cabo en los mejores teatros del mundo y por los mejores actores también.

Un mitificado Shakespeare entraba en el mapa. Casi desconocido pero siempre valorado, casi nadie sabe realmente quién es Shakespeare pero saben que es Shakespeare. En el imaginario estaban presentes los trajes de época, los textos largos e incomprensibles, palabras extraordinariamente extrañas, y mucho pero mucho drama. Al principio era inimaginable.

Durante los breves, y necesarios, discursos de historia del teatro se mencionó que en el afamado teatro Isabelino las mujeres tenían prohibido por ley actuar, es decir, hace cuatrocientos años estas siete valientes actrices no podrían haber estado reunidas bajo esta causa, bajo este mismo esfuerzo de llevar adelante una obra de teatro. Esto fue determinante. Con un elenco formado solo por actrices les haríamos justicia a todas esas mujeres que no habían podido pararse sobre las tablas. Serían actrices, sería un clásico, sería Shakespeare, ¿Pero cuál?

Escucharon la historia de un joven príncipe que busca hacer justicia a su padre, padre que regresa del más allá en forma de fantasma, fantasma que dice haber sido envenenado por su propio hermano, hermano que no contento con haberlo despachado al otro mundo se casa con la que era su cuñada, historia en la que al final todos mueren. Es imposible no sorprenderse y maravillase al escuchar ésta historia tan entramada, tan llena de engaños, con locura, con justicia, con peleas de espadas, con gente escondida tras las cortinas, con todos muertos al final de la misma. Simplemente fenomenal. Sería pues Hamlet, o como lo escribirían algunas “Hamblet”.

Vieron directamente a la cara a un texto sumamente complicado, Shakespeare siempre es un reto hasta para actores de renombre. La última crítica sobre un “Hamlet” escuchada a alguno de mis maestros fue precisamente sobre esa línea. Cuán difícil es recitar a Shakespeare, cuán complicado es hacer que esas palabras traducidas de un inglés casi en desuso, agrupadas en iambico, con figuras literarias complicadas sean recitadas con rítmica fluidez.

La orden fue “destruir” el texto. El primero en hacerlo fue su director, extirpando todo el conflicto político social de la obra, inobservando la figura del rey ilegítimo, pasando por alto el conflicto bélico con Fortimbrás y los tributos y favores a Inglaterra sobre los cuales se quiere cobrar la vida del príncipe. Por su parte las muchachas usaron sinónimos de palabras confusas, no creo que William se vaya a molestar por que hayamos cambiando luctuoso por triste y alguno otro término más.

Lo segundo fue quizás más atrevido. Estamos acostumbrados a ver, leer, interpretar y vivir a Shakespeare desde el drama, desde lo denso. Con un poco de voluntad Hamlet puede leerse como una comedia, eso sin quitarle o agregarle una coma. ¿Quién lo diría? Nos tomamos en serio la comedia y la obra iba tomando cuerpo.

Con trajes alquilados, coronas hechas en clase, los textos subrayados con plumones multicolores y muchas horas de ensayo -algunas prestadas generosamente por profesores de matemáticas, ciencias y comunicación- llegó el día del estreno.

Pocas cosas en la vida se pueden comparar a la emoción de un estreno. La hora había llegado, el auditorio estaba lleno y expectante, atrás del telón las actrices correteando, colocaban sus cosas en los lugares correctos, repasaban las entradas y salidas. Se abrió el telón, se prendieron las luces y las actrices a escena.

Quizás ese sea el valor de Hamlet, el valor que va más allá de la pieza propiamente dicha. No importa quien seas, no importa donde vivas, o los años que tengas, o el idioma que hables, siempre vas a sentir tuya la historia del joven príncipe y sobre todo, siempre vas a poder hacer tuya la historia de Hamlet, o Hamblet, que no es lo mismo, pero es igual.

Está demás decir que la obra fue un rotundo éxito.


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