Que hable ahora…

Por: Gabriel Hinojosa


Que hable ahora…

En la ceremonia de una boda (al menos en las películas y novelas), hay un momento en que el sacerdote pregunta a la asamblea si es que alguien conoce alguna razón grave por la que los novios no debieran contraer matrimonio.“Que hable ahora o calle para siempre” dice el cura de manera muy dramática.

El padre dice esto porque el sacramento del matrimonio no es ningún juego y si los novios van a embarcarse en tan titánico compromiso de amor y convivencia, para la Iglesia y la sociedad es muy importante que éstos tengan toda la libertad y conocimiento mutuo necesarios en la medida de la opción que están tomando y garantizar un matrimonio feliz. ¿Saben que otra cosa no es un juego? Elegir al gobernante máximo de una nación por los siguientes cinco (ojalá sólo cinco) años.

¿A qué viene todo este sinsentido? A que muchos estamos cansados del ‘argumento’, ante alguna acusación en época de campaña electoral, que reza: “¿pero por qué recién lo dicen ahora? ¡Eso es una artimaña, un oportunismo político! ¿Por qué no lo dijeron antes?”

Esos no son argumentos en absoluto. No me cabe duda de que el hecho de que las cosas se destapen justo en la recta final de un proceso electoral responde a un cálculo político de algún tipo, o a intereses creados de algún tercero. Después de todo, ganar unas elecciones significa que todos los otros deben perder, así que si alguien sabe algo sobre otro en contienda, resulta que es el mejor momento para decirlo. Así es la política.

Al final de cuentas, a nosotros, la ciudadanía, nos conviene saber estas cosas antes de que alguien llegue al poder. Hay muchas cosas turbias que pueden pasar desapercibidas por nuestro radar pero que toman notoriedad cuando quien las comete tiene serias posibilidades de hacerse con la presidencia. Caso ejemplar: a pesar de haber estado escalando en popularidad, el Perú se enteró que Cesar Acuña había plagiado en su tesis, copiado un libro completo y comprado votos con su bolsillo sin fondo.

El origen, el mensajero, el motivo, y todas las demás circunstancias de uno de estos destapes son cosas para tener en cuenta pero que, finalmente, no nos deben de distraer de lo esencial: ¿es cierto, o verosímil, eso que se dice? Esa es la única pregunta que importa al final del día.

Estamos a punto de entregar a nuestro Perú para que se case con un nuevo presidente; no será de por vida –esperamos- pero cinco años (o más) de manejar el destino de un país no son poca cosa. Cuando aparecen indicios, por ejemplo, de que altos mandos del fujimorismo (aparentemente, no la misma Keiko) estarían involucrados en asuntos de lavado de activos y narcotráfico nos pone nerviosos con justa razón. Estamos hablando de un fujimorismo que convivió con la mafia de Montesinos (en el mejor de los casos y siendo generoso, a sus espaldas), trayendo como resultado la desaparición de un dinero por ahí (tan solo seis mil millones de dólares de todos los peruanos); y estamos hablando de un investigado que pasó de la noche a la mañana de cobrador de combi a millonario. No sé, creo que vale la pena mirar de cerca. Incluso para quienes somos capaces de reconocer los logros del gobierno de Alberto Fujimori en temas como la estabilización de la economía, la construcción de obras en lugares recónditos y el golpe final (o por lo menos, duradero) contra sendero, asuntos como éste nos parecen alarmantes, sobre todo en medio de cierta prensa que se empieza a sentir más complaciente, menos crítica, más timorata (y más chicha) como aquella de los años 90. Ante un pasado semejante, y un presente con señales nada promisorias, el Perú no está para jugársela.

En fin; la cosa es que, si alguno tiene razonables sospechas de que mi novia es una viuda-negra, asesina en serie de que solo quiere hacerse de mi (escaso) patrimonio (ja!), agradeceré que me lo cuenten antes de darle el sí, y no enterarme al despertar un día con un puñal en la espalda.


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