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La política es una payasada

 

Hace ya unos años me ronda una idea, o más bien una sensación. Es como que dudo de la importancia de ciertas cosas que se dan mucha importancia. Cuando lo pienso bien creo que me refiero al poder. Especialmente a lo que se conoce hoy como poder político y toda su parafernalia entre cuyos elementos destacan los medios de comunicación.
Será tal vez cosa de mi generación aunque ni tanto porque hay amigos que se dedicaron a la política, sin mucha convicción debo decir. Los de mejor corazón se dedicaron a la sociología, a la cosa izquierdosa que te permite rajar de todo sin hacer nada más que rajar y decir que si tú tuvieras el poder Dios sería negro mi cumpay y todo cambiaría.
Los más malandrines se enriquecieron con ella, embadurnados en la grasa del cinismo supieron sacar su buena tajada y hoy son respetables hombres de negocios absolutamente convencidos de que sin ellos, sin su esfuerzo y empuje, el país caería en manos de los terrucos, se perdería la libertad y todo se llenaría de indios amargados, mediocres e ignorantes.
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Fuente: Google
Lo raro es que son mis amigos y, no finjo, los quiero y creo que tienen razón los dos, pero poca y nunca toda. Se me ocurre entonces que lo que importa es la gente, es decir, ese amigo panzón y barbón que anda estudiando los conflictos y calculando que ocurrirá en la elecciones que hace lo mismo que el otro, bien vestido y fitness, que a su vez calcula cómo sobrevivirá si sale este y no el otro, y así.
Como he vivido ya casi cincuenta años y a mí la política no me ha hecho ni bien ni mal, por lo menos no directamente, la verdad, no me interesa. O mejor: me interesa tanto como un reality, es decir, me interesa en todo caso que desaparezca como es y sea reemplazada por los que enseña Aristóteles.
A veces pienso que en el Perú no tenemos política sino farándula. Pero no sólo en el Perú, en todo el mundo dan la misma comedia. Y nada me es más antipático que esa horda de seres humanos disforzados, banales y escandalosos que lloran y ríen de cualquier cosa como los schablufos de la historia interminable de Ende y que con sus risas y llantos esconden el horrendo vacío de sus mediocres vidas.
Por favor, no piensen que me pongo por encima de nadie cual sabio olímpico u orgulloso erudito. Los que me conocen saben bien que ando bastante lejos de la sabiduría o la erudición. Lo mío es más simple, más tonto: me interesa la gente, los amigos, los hijos, la familia y, sobre todo, Dios presente en mí y en todos ellos, porque he descubierto con una constancia pasmosa que todo hombre es bueno (o por lo menos no es tan malo) pero no tiene tiempo, ni silencio, ni la comprensión que lo dejaría verse a sí mismo como lo que es: un hijo querido que se ha perdido, que le ha dado la espalda a Aquél que más lo ama.
Y por eso, siento la necesidad arrobadora de andar devolviendolo a su Padre y casi siempre mis deseos exceden largamente mis realizaciones.
Por: Roncuaz

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