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Sin lugar para los débiles

Por: Gonzalo Banda Lazarte

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Creo seriamente que estamos preparando el terreno fértil de una aguda crisis democrática. No es que sea catastrofista. Pero la escena nacional electoral a menos de dos meses nunca ha terminado de estar preparada para abordar una campaña política medianamente legítima.

No es que soñemos con procesos democráticos como los de Noruega o Finlandia, pero por lo menos aspirábamos a pisar tierra fértil que ya teníamos en estos momentos en los años 2001, 2006 y 2011. Podemos cuestionar muchas cosas de los recientes procesos electorales, pero jamás desde la transición democracia, nos habíamos enfrentado a un panorama tan impredecible.

Existen muchos responsables, quizá el mayor sea el Jurado Nacional de Elecciones con sus pronunciamientos equívocos ha conseguido polarizar las posiciones políticas y aglutinar a los opositores de Guzmán, en torno a una larga serie de impugnaciones y recursos de tacha, nulidad y exclusión. Se imaginan un hipotético gobierno de Guzmán, iniciando con estos cuestionamientos, una bomba de tiempo.

La percepción generalizada es que la exhibición pública del drama de Guzmán ha sido simplemente una muy planificada estrategia de campaña montada por un asesor muy profesional, y que finalmente terminaría con la inscripción de su plancha presidencial. Así como en su momento Guzmán consiguió crecer electoralmente en base a la oposición a las candidaturas tradicionales, también ha crecido la percepción que en la justicia electoral peruana, no hay lugar para los débiles.

¿Nos hemos puesto a pensar en esos partidos pequeños que tuvieron que cumplir con todo el embrollo electoral normativo?¿No tienen derecho a impugnar la candidatura de Guzmán partidos como Orden o Solidaridad Nacional que han cumplido con la ley electoral y ven como el partido de Guzmán se ve beneficiado por una resolución del Jurado Electoral Especial de Lima Centro, que acepta que hubo errores en los procedimientos de elección de la plancha presidencial de Julio Guzmán, pero le concede la «presunción de veracidad» a unas actas que fueron presentadas extemporáneamente por el candidato de la ola morada donde subsanarían sus faltas?

Y si fuera elegido Presidente, el candidato con el que Nadine Heredia ha comenzado a simpatizar, el señor Julio Guzmán ¿cómo enfrentaría la crisis de legitimidad de sus primeros meses ocasionada por una partida de nacimiento espuria, teniendo una bancada parlamentaria pequeña y novata —y habiendo sido declaradas improcedentes sus listas parlamentarias en muchas regiones del Perú—, con un congreso fragmentado y con una mayoritaria oposición experimentada a la que calificó y denostó impunemente como «dinosaurios»? Ingobernable.

En un escenario donde la justicia parece fluir sólo por un cauce, el del poder, esos débiles, pueden con todo mérito desencadenar una protesta que comience a embalsar un descontento popular legítimo, que se agiganta si consideramos todos los sucesos sospechosos y preocupantes que comienzan a enrarecer la campaña: la denuncia de amenaza de muerte al Presidente del JNE, el atentado a la Casa del Pueblo del Partido Aprista que tantas suspicacias como condenas ha levantado y la acusación de sobornos recibidos por Ollanta Humala por parte de Odebrecht que ha llegado desde la policía brasileña, en un caso sin precedentes en la historia republicana que supone por primera vez a un presidente peruano en ejercicio, siendo investigado por la justicia de otro país. Como lo dijimos en nuestra anterior columna, tal vez estamos preparando la tienda de batalla del autoritarismo, pues en un sistema sin lugar para los débiles son los fuertes los que impondrán el orden, si no lo hacen en las urnas, encontrarán otra manera de reponerlo.


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