Violencia contra la mujer

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Por Marco Samuel Pari Ccahuaya

Violencia contra la mujer: la más grave manifestación de brutalidad de un hombre con odio

Al interior de un bus la vida pasa a veces ansiosa, entre el bullicio de la calle y el hacinamiento de un precario sistema de transporte, la mayoría de pasajeros se pierde en pensamientos y sueños de cotidianeidad. Es muy difícil darse cuenta de lo que verdaderamente ocurre alrededor. Pero esa noche, miércoles 25 de abril, los pasajeros de un bus urbano que hacía servicio a Miraflores, en Lima, despertaron del letargo para presenciar que el infierno en la tierra es posible.

Eyvi Agreda, de 22 años, sufrió en carne propia la descarnada violencia de género que desangra a nuestro País. Un tipo de violencia que hasta hace unas décadas aún intentaba justificarse en la profunda desigualdad que acompañó toda nuestra existencia republicana, la de menospreciar a una mujer por el simple hecho de serlo, el tipo de violencia que incuba en el inconsciente masculino, ese complejo de superioridad hacia el sexo opuesto, la que acredita las posturas cavernícolas y que terminan atrapando a las mujeres en estereotipos de miedo, donde ser sumisa es más aceptable que parecer rebelde.

En cuestión de segundos, Eyvi se asfixió en gasolina para luego intentar escapar envuelta en llamas, la antorcha humana se apagó en menos de cinco minutos, pero fueron suficientes para dejarla con el 60% del cuerpo quemado comprometiendo  órganos vitales, como el riñón y el hígado. Mientras los testigos distinguían la figura de un hombre de 37 años que corría en dirección opuesta.

Este caso conmocionó al Perú,  país que el año pasado estuvo entre las ocho naciones con más casos de violencia de género en América según el observatorio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

El caso indigno a miles, quienes expresaron su rechazo y pidieron penas más severas, pero también evidenció, una vez más,  el precario nivel  de tolerancia hacia el rechazo, falta de autoestima y una alarmante carencia de salud mental. El clamor popular es simple ¡Pena de muerte! Esta medida al margen de las múltiples discusiones legales que implica, sólo termina por acrecentar el morbo de una sociedad tercermundista como la nuestra.

Antes del 2013, el asesinato o agresiones hacia mujeres eran juzgados dentro del tipo penal del homicidio, en caso de muerte, o lesiones graves en caso de daño permanente. En junio del mismo año se promulgó la nueva ley 29819 que crea el tipo penal del feminicidio, donde se establecen penas más severas para los que maten o intenten asesinar a mujeres solo por su condición. Y aunque en su momento se aplaudió la medida, no ha logrado su cometido.

Este año la cifra es alarmante. El primer trimestre dejó un incremento del 10% de casos respecto al año pasado. El Ministerio de la Mujer reportó hasta marzo de este año 32 casos de mujeres asesinadas y 82 tentativas de asesinato, sin contar el caso de Eyvi Agreda. Esto conlleva un análisis sin apasionamientos respecto a las medidas que se tomaron en las dos últimas décadas.

No basta con incrementar penas si ésta no está acompañada de políticas de Estado que prioricen al igual que la salud física a la salud mental. En ese contexto la tarea es mucho más difícil pues implica mayor partida presupuestaria con resultados silenciosos y a largo plazo, acción que políticamente no convence porque no genera réditos hacia nuestros gobernantes.

Cuando Carlos Hualpa, agresor de Eyvi, cometió el delito. Estaba cegado por los celos, la cólera y esa indescifrable obsesión que acompaña a cada hombre violento, no pensaba en lo que vendría después, en la forma como estaba destruyendo su vida a causa de un rechazo que no aceptaba. Circundaba sus pensamientos el deseo de evitar que esa mujer de la que estaba enamorado no le pertenezca a nadie más.

Su cerebro, obnubilado, no razonaba en la clase de delito que cometía, los años que pasaría en la cárcel, el repudio de la gente, la estigmatización de “monstruo” que tendría que cargar en adelante. Solo quería venganza, herirla, hacer que ella sintiera lo mismo que él. Era obvio que no tenía control de sus emociones y eso explica porque el 70% de delitos contra la mujer son causados por celos.

Mientras Hualpa escapaba, el fuego en ella era apagado con un extintor. En una ambulancia ingreso al Hospital Almenara, donde horas más tarde, un desconsolado doctor informaba que la situación era critica. A partir de allí la opinión pública se aunaba a las cadenas de oración.

El sentimiento es generalizado e identifica a millones de personas, porque son conscientes que le pudo pasar a cualquiera, a una hija, a la hermana, a la propia madre. El temor colectivo no encuentra justificación, pero si resiste análisis y obviamente responsabilidad. La responsabilidad de una educación que empieza en casa y se fortalece en los colegios.

Todo nuestro Estado de Derecho se reduce a una palabra, educación, la misma que no solo depende de las Instituciones Democráticas, que para bien o para mal, tenemos establecidas. Sino que compromete a todos y nos tendría que obligar al cambio de concepción hacia un aspecto fundamental, el respeto, y exigirlo como un derecho y un deber, pues nuestros tiempos dialécticos han cambiado paradigmas, los que antes eran derechos, ahora pueden ser solo deberes.

Como es también costumbre, luego de conocido el hecho, la atención se desvió hacia otros escándalos político-sociales y en los días posteriores se fue olvidando el nombre de Eyvi, así como de las otras 32 mujeres asesinadas este año o las 247 mujeres que fueron agraviadas el año pasado, eso, sin contar los casos que no son denunciados.

El martes por la noche, mientras todos continuaban con su rutina, distrayendo su atención en el celular o los realitys. Eyvi Agreda despertó, balbuceó unas palabras y seguramente continuara la recuperación de sus fuerzas para reclamar la reivindicación del derecho a una vida pacífica y lo más normal posible, de ella y de todas las mujeres.


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